17 min de lectura

Fragilidad

2

El partido terminó, apagaron la tele y salieron afuera. La noche cayó de repente y la temperatura bajo un poco. El día fue caluroso y pesado, casi cuarenta grados, pura humedad sin una gota de viento. Don Erico Gutiérrez y Antonio, su hijo, no se quitaron la camiseta de su club que esa tarde había ganado un partido complicado que lo dejaba cerca del campeonato. Estaban contentos, relajados, distendidos. Todo es hermoso cuando el fútbol nos es correspondido con una victoria de nuestro equipo. Además, era el último sábado del mes y no había mucho de que preocuparse. Dejaron a un lado el tereré que estaban tomando y sacaron al patio la pequeña conservadora que Antonio había traído llena de latitas de cervezas. La Sra Gutierrez no estaba en casa. Fue a la casa de una vecina y les había dicho a los dos hombre que volvería a eso de las nueve de la noche. Así que solamente eran ellos dos en la casa, disfrutando del pastizal recién mojado por Don Erico y las frías cervezitas de Antonio.

  • ¿Vamos hacer pio mañana el asadito? – preguntó Antonio.
  • Si, vamos hacer. ¿Le vas a traer a Luli verdad? – respondió Don Erico.
  • Claro, mañana tempranito voy a pasar por lo de su mamá y después venimos.

Antonio tenía apenas 25 años y estaba divorciado. Se había casado temprano con su novia del colegio, Laura. Fueron novios desde adolescentes, se embarazaron, se casaron y tres años después ya estaban separados. Luli era una niña muy parecida a su padre, estaba por cumplir seis años y vivía con su madre. Laura era una abogada recién egresada, de hermosa figura que se había vuelto a casar con un juez mucho mayor que ella, así que a ella y a Luli no les faltaba casi nada. Antonio trabajaba en la carpintería que heredo de su padre y veía a su hija los fines de semana. Quiso estudiar Economía, pero cuando Luli nació tuvo que dejarlo todo para criar a su hija. Todavía era joven y podía volver a retomar sus estudios pero él ya no tenía ganas. Estaba contento con lo que hacía. En la carpintería él era su propio jefe. Le iba tan bien que ni pensaba volver a estudiar. Ahora pasaba los días entre su trabajo, la casa de sus padres y las visitas de Luli. No necesitaba nada más.

Don Erico, se había retirado del trabajo hace un par de años atrás. Estaba viejo y cansado. Sabía que su hijo le sacaría un mejor provecho al taller que había construido durante toda su vida. De vez en cuando lo ayudaba con algún trabajo difícil, pero Antonio había aprendido todas las técnicas de su padre y muchas veces no necesitaba de su ayuda. Para no dejar de hacer nada por completo, Don Erico había pasado a la parte administrativa. Él se encargaba de cobrar a los clientes y contactaba con los proveedores a los que conocía muy bien. La mayor parte de su trabajo lo hacía desde su casa, en compañía de Flora, su esposa. Estaban casado hace 45 años y solo habían tenido un hijo. Formaban una pareja de viejos silenciosos y discretos. Entre ellos ya no había secretos, con el tiempo las conversaciones se fueron acortando y cada uno disfrutaba de la compañía del otro. Cuando caía la tarde los dos ya tenían que haber terminado todas sus ocupaciones y diligencias. Era el momento del mate o del terere. Salían a sentarse en la galería de su casa y se ponían a mirar la calle. Si uno de los dos faltaba a la cita, el otro automáticamente se ponía triste. Esto pasaba muchas veces, pero a pesar de los desplantes, ninguno de ellos reclamaba al otro. Así eran los Gutiérrez.

Aquél sábado no era muy diferente a otros sábados. La única excepción era que el equipo de los Gutiérrez estaba a punto de campeonar. Después no había nada especial. Fútbol, cervezitas, un poco de charla y luego la camita. Además, al dia siguiente iban hacer un asado, entonces no había por que abusar. La Sra Gutiérrez llegó pasada las nueve como había dicho. Saludo a su hijo, a su esposo, bromeo un rato con ellos y entró a la casa. Se puso a preparar unos sanguiches de verdura para que el alcohol no suba rápido a la cabeza de sus muchachos. Salió al patio con los sanguiches, agarró una silla y se sentó con ellos. Les chismoseó que en la casa de Ña Justi, de donde venía, los varones estaban malhumorados por el partido. Es que el esposo y los hijos de Ña Justi eran del equipo contrario. Se rieron un rato y después hablaron del asado del día siguiente. Antonio se levantaría bien temprano a comprar la carne y a buscar a Luli, mientras que Don Erico limpiaría la parrilla y buscaría el carbón. Ña Flora en cambio se encargaría de la ensalada. Preguntó a sus muchachos que tipo de ensalada iban a querer. Ellos pensaron un rato y se decidieron por una de papa con zanahorias, arvejas y abundante mayonesa. El menú para el día siguiente ya estaba decidido.

Luego de un rato la Sra. Gutiérrez se cansó y les dijo que ya entraba para ir a dormir. Se despidió de los dos y dijo a Antonio que le iba a esperar mañana con Luli. Él le dijo a su madre que no se preocupe, que los dos estarían bien temprano en su casa. Luego la Sra. Gutiérrez se inclinó y besó la frente a su marido. Él le devolvió una sonrisa y le prometió ir junto a ella en un ratito. Al final Don Erico y Antonio se quedaron solos. Se pusieron hablar de la carpintería y de la intención de Antonio de agrandar el taller. La demanda había aumentado y también necesitaba nuevos empleados. Don Erico le iba dando recomendaciones y consejos. Con respecto a los empleados que necesitaba Antonio, tenía unos muchachos en mente e iba a hablar con ellos. A pesar de algunos detalles y unos trabajitos que debían terminar sí o sí para la semana siguiente, la empresa familiar iba creciendo y los dos estaban tranquilos. Don Erico se levantó un instante y volvió a regar el patio con la manguera. Eran las once de la noche pero el calor no desaparecía.

Antonio se mojó la cabeza con la manguera. Cargó un poco de agua en la conservadora que se había quedado vacía, pero aún tenía mucho hielo. Le dijo a su padre que iría un rato al baño a orinar. Don Erico cerró la canilla y mientras juntaba la manguera le preguntó si aún había cervezas en la conservadora. Antonio le dijo que no. Entonces los dos entraron a la casa. Don Erico fue a la heladera por más cervezas y Antonio salió disparado hacía el baño. El pasillo que daba a la pieza de la Sra. Gutiérrez estaba oscuro, con las luces apagadas. Antonio entró al baño, levanto la tapa y empezó a orinar. Todo estaba limpio y en orden. Los azulejos celestes brillaban y las cosas estaban colocadas en su lugar. Se imaginaba la obsesión de su madre por la limpieza y como ese hábito nunca había cambiado. Recordó que ella siempre decía que en el hogar, la pulcritud en el baño era lo más importante. Y aquél baño reflejaba ampliamente ese dicho. Cuando pulso la cadena y el agua cayó en el váter creyó escuchar un gritó ahogado y el sonido de unos vidrios rotos que venían de afuera. El ruido de la cisterna le desconcentraba pero no escucho algo más. Se lavó las manos, se mojo la cara y se secó con la toalla de mano que estaba al costado del lavabo. Luego apagó la luz y salió del baño. Paso por la cocina y no vio a su padre. También cruzó por el pasillo de la pieza de su madre y todo continuaba a oscuras. Cuando llegó a la puerta de la sala vio algo extraño y no entendió que era. Pero mientras se acercaba, la escena le partió la cabeza. Don Erico estaba tirado boca arriba sobre las escaleritas de su galería con los brazos abiertos y la cabeza a un costado. En una de sus manos agarraba una bolsa que estaba abierta, con las botellitas de cervezas desparramadas por el suelo. Antonio gritó “¡Papáa! y corrió hasta él. Don Erico se había resbalado y golpeado la cabeza.

Asustado, se acomodo a lado de su padre y lo llamó varias veces. Estaba aturdido sin saber que hacer. Don Erico no respondía y estaba tieso. Antonio trató de levantarlo y no pudo. Lo movió un poco, le saco la bolsa de cervezas de su mano y fue corriendo hasta la pieza de su madre. Golpeo la puerta gritando sin parar. Su madre saltó de la cama. Llevaba puesto un camisón y no entendía lo que pasaba. Antonio no podía articular bien las palabras. Cuando la Sra. Gutiérrez vio a su esposo en el suelo no supo como reaccionar. Se quedo parada en la puerta, asustada. Luego se acercó, ayudo a su hijo para cargar a Don Erico y llevarlo hasta el sofá de la sala. Acostaron al viejo y pusieron una almohada bajo su cabeza. Cuando levantaron su nuca, pudieron ver una pequeña mancha rojiza. La Sra. Gutiérrez corrió a la heladera a buscar un poco de hielo, mientras Antonio saltaba al teléfono para llamar una ambulancia. Estaban asustados pero sabían que Don Erico volvería en sí en un rato. Solo había sido un golpe. Aún así, quisieron asegurarse y llamaron a emergencias. La operadora le dijo a Antonio que un móvil ya iba en camino. Tendría que llegar en unos quince minutos.

La ambulancia tardó media hora. Pero Antonio y Ña Flora no se quejaron, estaban muy concentrados en el sueño de Don Erico. La camilla bajo rápidamente de la ambulancia y salió de la misma manera de la casa. Hijo y madre se acomodaron dentro del móvil. Ña Flora llevaba puesto un viejo camisón celeste para dormir y por el apuro no se había cambiado. No importaba. Antonio iba tratando de relatar lo que sucedió al enfermero, con la intención de  que esté le pueda dar un informe superficial sobre el estado de su padre. El enfermero levantó delicadamente la cabeza de Don Erico y pudo ver la mancha rojiza. Ña Flora se sorprendió. Dijo que la mancha ahora estaba más grande y oscura. El enfermero la miro preocupado y la trato de calmar, diciéndole que solo fue una contución y que Don Erico estaba inconsciente, pero que volvería en sí en un instante. Después, se callaron. Ña Flora iba agarrada a la mano de su esposo, mientras que Antonio mandaba unos mensajes a tráves del celular. Cada tanto se miraban entre ellos sin decir nada. Miraban a Don Erico y veían como se encontraba en un profundo sueño. En la cabeza no tenía ningún rastro de sangre, solo la mancha rojiza que lentamente se extendía por toda la cabeza. Por las calles no había nada. La ambulancia volaba sobre el asfalto y cada tanto daba unos saltos por el pésimo estado del camino. Llegaron al hospital en unos quinces minutos. Antes de que Antonio y Ña Flora bajen de la ambulancia, su esposo ya era llevado por los paramédicos hacia la zona de urgencias en donde desapareció en un pestañeo.

Antonio corrió detrás de la camilla pero solamente pudo ir hasta un punto. Uno de los doctores de guardia les explico a él y a su madre la situación y les pidió que se acomoden en uno de los bancos que estaban recostados en el pasillo. Ellos no tuvieron otra opción y se sentaron a esperar. En ese lugar el tiempo pareció eterno. Desde que Don Erico se había golpeado la cabeza todavía no había pasado una hora pero para ellos parecía todo un día. Antonio movía los pies y su madre jugaba con las puntas de su camisón para matar la ansiedad. Su hijo le preguntó si no quería que le traiga ropa nueva. Ella le recriminó y le dijo que no era momento para pensar en eso. Le explicó que estaba bien así y que solo quería esperar a lo que diga el doctor. Antonio entendió y luego se apartó hacía el fondo del pasillo para hacer una llamada con el celular. Llamó a Laura para contarle lo que había ocurrido y para decirle que quizás mañana no pasaría a buscar a Luli. Luego de una pequeña discusión con su esposa, la cara se le irritó de nerviosismo, cortó y fue a ubicarse nuevamente al lado de su madre. Ella se percató de su gesto y le preguntó que sucedió. Antonio le dijo que Laura igual lo esperaba mañana porque ya había reservado una quinta privada para pasar el día con su esposo.

Un doctor apareció de la nada y se acercó hasta ellos. Venía con noticias.

  • ¿Familia Gutiérrez? – preguntó.
  • Si, nosotros somos – dijo Ña Flora.
  • El caso de su esposo no es tan grave. El tuvo una leve contusión en la cabeza y sufrió una pequeña hemorragia interna pero de poca gravedad. Ahora se encuentra incosciente, el hematoma se le ha extendido por toda su cabeza pero eso es algo normal. Ya le hemos dado unos medicamentos y esperamos que recobre la consciencia en unos momentos. Inclusive ya estaba moviendo las manos, pero sin abrir los ojos. La nuca siempre es una zona delicada, y en su caso tuvo suerte porque el golpe no cayó de lleno en ese lugar. Ahora mismo se encuentra estable y esta fuera de peligro. Solo es cuestión de dejarle que descanse y esperar a que despierte.

Antonio y su madre no supieron que responder. Ni sabían que preguntar. Se quedaron mirando al doctor, esperando que diga algo más, pero eso fue todo. Él les pregunto si no necesitaban algo más y ellos negaron con la cabeza. El doctor les agradeció la paciencia y la tranquilidad, pegó la vuelta y volvió nuevamente a la sala donde se encontraba Don Erico y ellos se ubicaron nuevamente en los banquitos del pasillo.

Pasaron dos horas y ningún doctor volvió a salir con noticias de Don Erico. La espera se hacía larga. Hasta Ña Flora comenzaba a cerrar los ojos y echar la cabeza hacia delante. Quería dormir. Solo cuando escuchaba que algo se cruzaba frente a ella se despertaba asustada, creyendo que era algún médico que venía a su encuentro. Antonio se había sacado las zapatillas y movía sus pies descalzos sobre la fría baldosa del hospital. El calor jamás había pasado. De los dos era el más inquieto. Callado, miraba a su madre que estaba cansada y cruzaba sus manos sobre el vientre celeste del camisón. Cada tanto la Sra Gutiérrez lanzaba unos ronquidos y parecía percatarse de ellos, porque después de uno se despertaba sorprendida y avergonzada. Entonces Antonio la miraba con ternura e intercambiaban una sonrisa de aliento. En aquellas horas, el hospital parecía muerto. Alguna que otra camilla pasaba frente a ellos y se perdía entre la claridad del pasillo. Antonio se cansó de estar sentado y le dijo a su madre que iba a comprar algo de afuera. Un agua. Le preguntó si no quería que le traiga algo y ella dijo que no, que estaba bien así. Antonio se inclinó, la beso en la frente y salió afuera.

No tuvo que caminar mucho. En la entrada mismo del pabellón de urgencias estaba un pequeño puesto ambulante con todo tipo de chucherías. Una chica estaba dormida, sentada en un banquito de madera con la cabeza hacia abajo y una pequeña radio que sonaba de fondo. Antonio se quedo parado sin saber que hacer. No quería despertar a la chica. Pensó en buscar otro puestito pero al final se quedo parado en la entrada mismo de urgencias. Desde allí veía a su madre. Ella lo vio y levanto un brazo, él le devolvió el gesto. Un guardia del hospital cruzó frente a Antonio y fue hacia el puestito de la chica. El guardia la despertó. La llamó por su nombre, Carmen. Carmen bromeó con el guardia y le preguntó que quería. El guardia le pidió una coca, pagó y se fue. Antonio aprovecho ese momento para acercarse al puestito, saludo a la chica y pidió un agua sin gas. Dos aguas sin gas. Pago a la chica por las botellas y le preguntó hasta que hora se quedaba en el puesto. Ella le dijo que hasta las 7 de la mañana, cuando su madre iba para reemplazarla. Antonio le dio las gracias y volvió a donde estaba para disfrutar del poco viento que había. Miraba a su mamá cada tanto. Ña Flora estaba sentada, descansando con la cabeza hacía atrás. Antonio destapó una de las botellitas de agua y se puso a beber.

Mientras tomaba el agua vio como un médico se acercaba a su madre. Era el mismo que hace rato les había dicho el informe sobre Don Erico. Antonio vio como su madre se levantó del banquito y se acercó hasta el doctor.  Instintivamente Antonio tapó la botella y quiso ir hasta donde estaban los dos, pero algo lo atajo. Por alguna razón Antonio no quiso entrar al pasillo. Se quedo mirando la conversación entre el doctor y su madre desde donde estaba. Antonio se encontraba muy alejado y apenas podía distinguir las expresiones de los dos. A través del pasillo no había nadie. Cuando el doctor terminó de hablar con Ña Flora, la abrazo un instante, después asintió con la cabeza y volvió a la sala de urgencias. Antonio no entendía lo que pasaba. Su madre busco a alguien hacía la entrada y cruzó la mirada con su hijo. Esta vez no levantó los brazos. Lo sonrió desde lejos y se acomodo nuevamente en el banquito. Luego agachó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos. Antonio, que estaba duro en su lugar, vio como su madre lloraba sola desde lejos. Hace años que no la veía llorar. Al final pareció despertarse. Torpe, no supo que hacer con las botellas, las dejo a un lado y salió apurado en dirección a su madre. Algo se había roto en ese instante y él, desconcertado, no entendía que era.