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La chica que perdió su mochila

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El primer recuerdo que tengo es la de estar parado en medio del receso, comiendo una empanada. Estaba solo, mirando a los otros alumnos ir y venir de la cantina. Salían de los baños y corrían apurados hacia la biblioteca para devolver algún libro, otros sin embargo formaban grupos en pequeños círculos y bromeaban mientras fumaban. Sus voces y sonrisas exhalaban una calidez que se gasifica en el aire por el frío. Era el vaho. También habían algunas parejitas que empezaban a conocerse, ellos se aislaban del resto y en la oscuridad buscaban cierta intimidad que era aprovechada en ese puñado de minutos libres, antes de volver a clase. Para ese entonces el año académico ya había arrancado hace unos dos o tres meses y la mayoría de los alumnos se conocía muy bien. Otras amistades iban ganando confianza y los grupos de jóvenes con las mismos gustos se iban distinguiéndo y afianzando. En cambio yo había estudiado por mi cuenta para ingresar a la universidad, y esa situación había provocado que sea una especie de ente libre, exento de la virulencia de cualquier tipo de grupismo. Sin embargo estaba ahí metido, en medio de aquél bullicio general con una empanada en una mano y un pan en la otra.  Parado, con cierta ansiedad, iba saciando mi obsesión voyeurística de observar a la gente, pensar en que piensan, atender sus gestos corporales y cavilar que había detrás de cada uno de ellos. De esa chica que jugaba con sus rulos empapados, de ese muchacho que daba larga caladas a su cigarrillo para demostrar su virilidad o de esa gorda charlatana rellenada en ego que no dejaba hablar a los demás. Era hermoso. Cada uno parecía un mundo aparte exteriorizando su personalidades entre bromas y risas. Una postal divertida en medio del tedio y el frío.

Mi empanada estaba por la mitad y todavía no conocía bien a nadie. Tampoco tenía muchas ganas de conocerlos. Mas bien me gustaba mirarlos desde lejos y saludarlos de vez en cuando, cada vez que me cruzaba con ellos en el aula o en el pasillo. No es que me considere una persona tímida, introvertida, o una especie de arrogante con algún complejo de superioridad. Tampoco tuve una infancia traumática como para que germine una cierta misantropía en mi pequeño ser, ni mucho menos. Lo único que me sucede es que toda mi vida sentí una especie de fátiga social. Una incapacidad para ser el primero en romper el hielo en cualquier tipo de relación, ya sea amistosa, sentimental o laboral. Por aquellos días ese sentimiento apático era la que dominaba todo mi cuerpo y mis ganas, como un monstruo abúlico y torpe difícil de evitarlo. Así es como siempre esperaba a que alguien pregunte mi nombre para darlo a conocer o cuando me preguntaban si yo era su compañero de aula solo respondía con un “si” y le regalaba una sonrisa forzada. Otras veces se presentaban situaciones que yo odiaba, por ejemplo cuando llegaba tarde y todos los compañeros ya estaba dentro del aula dando clases. Lo que hacía en esos casos era esperar a que llegue el receso, esperar a que todos salgan y de esa manera escabullirme discretamente para agarrar un lugar y bajar mi mochila. Hacía todo lo posible para no llamar la atención. Todo. Era yo el que tenía la capacidad para contemplarlos detenidamente. Ellos jamás entenderían esa placer fetichista que había en esa manía. Porqué, hay que admitirlo, es agradable mirarle a las personas y jugar con los prejuicios. Es uno de los placeres culposos que más gustan. Y a mí, personalmente me encantaba.  El único problema era que si eso era todo eso era al réves y era yo el contemplado y el prejuzdo, de la nada se apoderaba de mi un pavor grasiento en el rostro y una desesperación pesada que solo era sanada con la soledad y el aislamiento. Para los psicólogos quizás, un caso serio. Para el resto, la extravagante actitud de un imbécil más.

No había pasado gran cosa en el receso. A excepción de un detalle pequeño. Cuando mi empanada estaba siendo consumida por mis jugos gástricos bajo garúa de un día aburrido, me llamó la atención una chica que iba saltando de grupo en grupo. Entrando en ellos, hablando, sonriendo, saliendo nuevamente para dirigirse a otro para volver a salir y buscar otro círculo. Era una especie de danza mágica de la socialización. El baile cósmico de los extrovertidos. Bueno, en realidad no era eso. La chica estaba preguntando algo que yo a lo lejos, no entendía. Pero la imagen era curiosa. Parecía una pregunta para la cual absolutamente nadie tenía respuesta. Todos negaban con la cabeza y soltaban una trágica mueca como diciendo “Uff, ni ideaa”. Como estaba digeriendo mi cena y no tenía nada que hacer, comence a jugar nuevamente en mí cabeza con mil situaciones para tratar de entender lo que pasaba pero sin preguntar a nadie. Hasta que la chica quedó sin grupo a quién preguntar. Miro y miro. Pegó la vuelta y me vió parado con las manos en los bolsillos y con la lengua hurgando en los últimos restos de empanada que quedaron entre los dientes. Avergonzado, mire a otro lado. No quería que viniera hacía mí. Pero de reojo podía ver como la muchacha caminaba en mi dirección dando pequeños saltos sobre los charcos de lluvia esparcidos por el patio.

Yo la conocía. Sabía quién era la chica que venía hacía mí. Era mi compañerita de aula, pero nunca había hablado con ella. Es más, no me caía muy bien. Me parecía el tipo de chica pedante, aburrida y triste por tener que ir a una universidad pública donde la mayoría de las personas era muy diferente a lo que ella representaba. O mejor dicho, a lo que yo pensaba que representaba. Cada vez que me cruzaba con ella la veía con una cara larga, como no queriendo estar en ese lugar, como si fuera que iba por puro compromiso sin ningún tipo de ganas ni ambiciones. Ella era pequeña de estatura, llevaba el pelo largo y sus ademanes eran más masculinos que femeninos, de seguro prácticaba algún deporte como handball o fútbol, que se yo. No se parecía en nada al resto de las otras chicas. Esas que llevaban jeans ajustados con blusas floreadas y una cartera en donde guardan toda una peluquería. No. No parecía en nada a una chica avon chica disco, fanática de algún Luis Miguel. Ella no se ajustaba a eso. Parecía no importarse a sí misma. Esa actitud, a pesar de lo aburrida que me parecía, era lo más rescatable de toda su personalidad. Aún así era muy dura, muy seria, como alejada de todo lo que sucedía a su alrededor. Por los pasillos o en el patio, ella siempre iba y venía y no saludaba, iba y venía y no regalaba una mirada a nadie. Abstraída, quién sabe en que mundo, se escondía en el interior de un desagradable caparazón que yo odiaba. Odiaba, todo por la simple razón de que yo era así y siempre me decía a mi mismo “Si yo fuera otra persona, nosee, no me aguantaría”. Y aquella pequeña muchacha, que brincaba sobre los charcos con una cara triste en un día de lluvía, era la que confirmaba esa presunción. Una especie de espejo humano que venía lentamente a encontrarse conmigo en el peor momento.

Ni siquiera me dio tiempo de pensar que hacer. No me pude escapar y en un pestañeo su cara de culo se puso frente a la mía.

  • Hola, ¿Qué tal?.
  • Bien, te quería hacer una pregunta.

Ese era el momento crucial.Mi cabeza se detenía para recibir aquella pregunta que iba rebotando de aquí para allá sin que nadie la pudiera responder.

  • Si, ¿qué? – dije como si no me importará. Sinceramente, si me importaba.
  • ¿Por si acaso no viste por acá una mochila nike de color negro?. Es que se me perdió, habré dejado en algún lugar y no me acuerdo donde, y estoy preguntándo si por acá no vieron.
  • Uf, no. No ví ninguna mochila nike por aquí. – negando con la cabeza. En ese momento me di cuenta que aquél gesto era instintivo. Nunca nadie iba a saber donde estaba la mochila nike de color negro que se había perdido.
  • Ndera, que cagada. Bueno, gracias – dijo, pegó la vuelta y se fue.

El recreo aún no terminaba. Yo seguía parado en el mismo lugar y la muchacha siguió buscando en los alrededores su mochila. Ella daba unos pasos y se detenía, parecía que pensaban un rato y volvía a avanzar. Luego retrocedía, pensaba otra vez y parecía llegar a la misma estupida conclusión: su mochila no estaba por ahí. Y ahora, mirándola desde lejos, la perdida era ella.

No tardó unos segundos para que nuevamente se de la vuelta y regrese hacía donde yo me encontraba. Pensé, que resignada, ya volvía al aula. En cambio, vino hasta mí y me dijo.

  • Che, ¿vos pio que haces?
  • Nose, nada.
  • . ¿no me querés ayudar a buscar mi mochila? – dijo mordiéndose las uñas.
  • . si, que se yo. Vamos. – dije y fuimos a buscar la mochila.

Hasta ahora no entiendo por que la quise acompañar. Tal vez no tenía nada que hacer en ese momento. Tal vez, incoscientemente deseaba ir con ella a pesar de no soportarla. De seguro fueron las dos cosas juntas. Lo que si puedo afirmar es que no recuerdo absolutamente nada de lo que sucedió una vez que fuimos a buscar la mochila. No recuerdo a donde fuimos, si estuvimos conversando o si nos cruzamos con otras personas. Cualquier pequeño detalle se esfumó en el tiempo. En realidad en ese momento no había nada que valiera la pena ser recordado. Las cosas suelen ser así. Todo los días giramos sobre un montón de hechos cotidianos y nos tropezamos con muchas personas. Es complicado tener una especie de disco duro de todas las cosas de las que formamos parte o suceden a nuestro alrededor. Hacerle el favor a una desconocida con la que se tiene muy pocas cosas en común es una de esas cosas para el olvido. Un momento de total banalidad que no llega a ser tan relevante para tener el privilegio de pegarse en la memoria con algo de cariño y afecto. Pero la memoria, vieja caprichosa, siempre guarda algo y uno termina por hurgar con las uñas en esos nostálgicos laberintos para encontrarse con ciertas situaciones que en su momento pasaron desapercibidos, ignorados y vilipendiados, pero que con el tiempo fueron añejándose, puliéndose, formando pequeñas instantanéas, hermosas en su sencillez e indelebles en su valor como simple recuerdos. Pero ese día, aquella busquéda de la mochila no tenía nada poético ni especial. En realidad, era la actividad más aburrida y patética que podían hacer dos personas que ni siquieran se habían presentando.

Mi memoria comienza funcionar cuando me acuerdo que estuvimos en el patio central de la facultad. Eso si recuerdo. Cada uno, separado, buscando la mochila en cada banco, cada pilar, preguntando a cada persona, revolviendo los basureros, negándonos con la cabeza desde lejos por no encontrar nada. No había ninguna mochila por nigún lado. Nadie sabía nada. Yo me preguntaba a cada instante que hacía buscando una mochila que no era mía, pero al mismo tiempo sentía una extraña sensación que me obligaba a permanecer ahí. De repente ví a la muchacha de lejos, con la mirada perdida y comiéndose las uñas. No pasaba un instante en que no se comiera las uñas. Se sentía abatida, se rascaba la cabeza, ponía las manos en la cintura y achinaba los ojos con fuerza como creyéndo que así recordaría con más fuerza donde dejó por última vez a su estúpida mochila. Pero no pasaba un carajo. Lentamente comencé a sentir cierta empatía con aquella chica. Ella no decía nada, pero estaba muy preocupada. Yo tenía mi mochila y me sentía afortunado de cargar con mi bulto sobre el hombro. Ella en cambio parecía confundida y muy insegura sin saber que hacer. A cada instante me miraba de lejos y me hacía gestos con las manos preguntando si me encontré algo, pero tampoco nada. ¿Dónde estaban sus amigos?, ¿Por qué todo este tiempo nadie la había ayudado? ¿Porqué carajos no recordaba con quién estaba hace rato y en que lugar dejo su mochila?. Todas estas preguntas empezaban a quemarse en mi cabeza mientras buscaba lo perdido cuando escuché un “¡Hey!” femenino  que rompió el silencio desde el otro lado del lugar. Era la muchacha que iba cargando su mochila como un trofeo de guerra, como si había encontrado un tesoro escondido.  La mochila había estado debajo de una rampa, escondida en medio de la oscuridad. La muchacha me dijo que hace un rato estaba en ese lugar con un grupo de amigos y cuando fue a la cantina para comprar algo ya no volvió hasta ahí, hasta que se olvido de la mochila. Aún así, no se la veía feliz. Calzó su mochila sobres sus hombros y con el trabajo concluido nos fuimos a la clase. Los dos sabíamos que eramos compañeros pero no teníamos intenciones de saber algo más de cada uno. Era inútil y no había necesidad de hacerlo.

El camino hasta la clase me pareció eterno. Ninguno de los dos hablaba, ¿de que podíamos hablar, de la mochila, de que eramos compañeros, de que hacía frío?. Hablar del clima siempre ayuda, pero no. Todo era tan obvio que la única respuesta era estar callados. Así fue durante todo el trayecto. A mi me causaba ansiedad, quería librarme rápidamente de aquella escena, ella también parecía pensar lo mismo. Veía como todos la saludaban y le preguntaban con mucho interés se había encontrado su mochila. Los mismos que hace rato negaban todo con sus cabezas. Ella, abstraída, como dopada, respondía que sí y se escabullía de los saludos y las sonrisas. Se encontraba tan área que se me adelantó unos pasos hasta perderse de mi vista. Me quedé solo sin saber que hacer. La había ayudado a buscar su mochila y de repente ya no estaba. No sabía si sentirme indignado, sorprendido o abandonado. Al final decidí no sentir nada, ¿qué más da?. Espere afuera del aula un instante. El receso ya había terminado hace rato y la clase estaba en marcha. Pensé que mejor era no entrar a clases e irme a casa. No quería entrar en medio de la clase y molestar a todo el mundo, además me daba miedo no encontrar un pupitre, tener que salir a buscar uno y volver a entrar. Eso me parecía una pesadilla. Después de dudar un instante, al fin me decidí. Entré al aula y el profesor detuvo su mirada sobre la mía mientras algunos compañeros doblaban el cuello para ver quién había entrado. Era lo que no quería. Aquella pausa no duró mucho, el profesor continuó sermoneando sobre quién sabe qué y yo encontré un pupitre al final del aula, pegado a la pared. Fui hasta allí pidiendo permiso y me ubiqué. De repente pude ver que al otro lado se encontraba la muchacha de la mochila. Concetrada en el profesor, abrazaba a su bulto mientras se mordía las uñas.  Estaba con la misma cara de hace rato, cansada y desconectada. Se había olvidado de mí, ni siquiera se inmutó cuando entré al aula. Después de un rato yo también la olvide. El profesor hablaba sobre lo absurdo que era festejar el día de las madres y lo patético de venerar a las mujeres. Aquél tema era curioso, particular y se robo todo el interés de la clase. El argumento del profesor era como un taladro que nos violaba la cabeza. El tipo odiaba a las madres, diciendo que eran unas perras malditas y que según él no le debemos absolutamente nada. La clase no sabía si indignarse o caer rendido admiración ante un punto de vista muy progresista y radical. Algunos compañeros defendían a las madres, otros compartían el parecer del profesor y las discusiones se abrían ante mil posibilidades. Por supuesto estaba antento a todo el debate, hasta que un compañero perturbo mi concentración con un golpecito en el codo.

  • ¿Qué pasó?.
  • Te llaman – me dice y señala a la muchacha de la mochila que mira en nuestra dirección.

La mire sin ganas, tenía que mostrar que estaba indignado por haber sido abandonado sin previo aviso. En realidad, no lo estaba, pero creí que esa era la reacción más natural. Levante las cejas  preguntándole si estaba todo bien. Ella señaló su mochila y suspiro con los ojos desorbitados queriéndome decir lo difícil que fue encontrarlo. Luego levanto el pulgar arriba. En sus labios pude leer un “Gracias” que se esfumó en una mueca casi torpe. Me sonrió y con su mano levantada hacía mi, se despidió. Era la primera vez que la veía sonreir. Le devolví el gesto y ví como se perdía tras la puerta del aula. La clase no se percató cuando la muchacha se levantó y desapareció. En cambio yo me desconcentré. Traté de meterme nuevamente al debate de de las madres pero no pude. Mire la hora, ya era tarde y no me quedo otra cosa que pensar en el día siguiente.