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La Estación de Servicio

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Una estación de servicio se inauguraba y todos estaban inquietos. San Kandé era un pequeño barrio de pocas cuadras, partida en el medio por un asfalto y rodeada por caminitos de tierra colorada y árboles de limón. Alejada de la grandes urbes, el lugar se empapaba en su propia tranquilidad. Cuando uno iba hasta allí, el tiempo parecía detenerse en un eterno domingo de verano con el olor a pasto recién cortado y el sabor de unos mangos rozándole los labios. Pero todo ese paisaje de antaño se vio alterado repentinamente el día en que inauguraron la primera estación de servicio del barrio. Un enorme monstruo de plástico y luces de neón que brillaba en medio de la oscuridad campestre de aquél lugar, como si fuera un gran árbol de navidad. El asfalto había llegado unos años atrás y ahora era complementado por esta mole gigante llena de colores, que expedía gasolina y que vendía todo tipo de chucherías en un autoservice que abría las 24 hs. El tufo a nafta era lo primero que alguién percibía al llegar a San Kandé, la frescura del barrio y su aroma a flor de coco apenas se notaban, absorbidos por la dureza del hormigón y la viscosidad del aceite.

El día de la inauguración fue una fecha muy esperada por todos los Kandecinos. Entre aquellas personas existían todavía algunos que utlizaban los famosos carritos para movilizarse, otros debían salir caminando hasta el asfalto para esperar al 123, el único bus que los acercaba hasta la ciudad y cuya frecuencia era muy escasa. Los más afortunados aprovechaban dudosas promociones de créditos a sola firma y se lo gastaban en una motocicleta que era utilizada por toda la familia. Años atrás, estos biciclos debían ir hasta la ciudad para recargar el tanque. Aquél tedioso hábito quedaba en el olvido con la inauguración de la nueva estación. Al fin parecía que alguien se acordaba de aquellos excluidos, una comunidad que trataba de ajustarse a las ultimas necesidades de la época. En el barrio solo se hablaba de la estación de servicio. De sus colores, de la calidad del combustible, de los terrenos de Don Fulano que habían sido sacrificados, de los tipos de caramelos y helados que se vendían en el autoservice, de los automóviles lujosos, que por primera vez se quedaban en el pueblo a recagar el tanque o realizar un mantenimiento, de los baños que eran más hermosos de los que tenían los vecinos, de los playeros, quienes eran un selecto grupo de jovencitos elegidos del barrio. Se hablaba absolutamente de todo. Nadie estaba exento de aquél alboroto marketinero por lo menos en 20 cuadras a la redonda.

Un viernes fue elegido para la inauguración. El viernes siempre es el mejor día de la semana. Era el día ideal. La ansiedad había crecido día a día y los rumores traspasaban las pequeñas murallas de todas las casas. Las viejas iban todos los días hasta la estación, que ya funcionaba, para abastecerse con las informaciones que serían analizadas en la hora del terere, aquél momento del día en que sacan las sillas a las veredas y empiezan a charlar con todas las personas que se cruzen por sus veredas. Los rumores eran variados. Se decía que habría un show con una gran orquesta de músicos, con sorteos y premios para todos los invitados, que en ese día especial todo los servicios de la estación serían gratuitos y abierto para todo el público, que se esperaba una gran cantidad de personas que vendrían de todos lados, especialmente de la ciudad; y que había que estar bien preparados en el barrio, porque se decía que hasta el Presidente de la Républica participaría de la inauguración del local. Obviamente aquel evento no era una cuestión de estado, pero los vecinos no pegaron un ojo durante esa semana, organizándo y juntando cualquier colaboración para poner la cuadra en orden ante cualquier eventualidad. La última vez que estuvieron exaltados de esa manera fue hace unos diez años atrás, cuando el candidato a Gobernador del partido político más fuerte les había prometido asfaltar el viejo camino de tierra colorada por donde pasaría la linéa 123. El asfalto nunca llegó. Inclusive se realizaron varias manifestaciones frente al local de la gobernación pero sin ninguna respuesta positiva. Al final, el mismo Gobernador terminó cediéndo a los reclamos cuando buscaba la reelección a su puesto, algo que nunca se dio. Los vecinos se lo había pagado bien caro. Pero de eso ya había pasado mucho tiempo. Mientras la semana avanzaba, la espera crecía por todo el barrio y los rumores tenían proporciones casi mitológicas que se volvían verdades absolutas en cada una de las casitas Kandecinas. Inclusive la escuelita del barrio había declarado asueto el día de la inauguración para que todos los niños puedan ayudar en casa con las labores domésticas. Ese viernes nada debía fallar en San Kandé.

Cuando el día amaneció en el barrio, parecía un domingo de feria. El clima era hermoso, en el cielo no se veía ninguna nube y el sol no golpeaba como otros días, era un verano casi tímido y la mañana se rompía en mil colores. Los banderines que se utilizaban durante las fiestas patronales y la semana santa, habían sido reciclados y colgados a tráves de la calle principal. Los postes de cada casa habían sido pintados con los colores tradicionales del barrio, rojo y amarillo. Los únicos que fueron a trabajar ese día habían sido los playeros, quienes debían atender y organizar todo lo que ocurriera en la estación de servicio. En cada una de las casas del barrio se podía percibir el aroma de las comidas del día, muchos confundieron aquél viernes con Navidad y mataron algunas gallinas y lechones para disfrutar en familia el almuerzo, esperando la hora de la inauguración. La siesta fue larga y silenciosa. La mayoría se echó a descansar luego de la comida, otros salieron a sentarse en sus patios bajo la sombra de algún de árbol a reposar. A lo lejos se podía observar como iban llegando los primeros camiones de la organización hasta la estación. De esos camiones iban bajando, carteles, letreros, sillas, vallas y partes de un escenario que tenían los colores de la marca del local; verde y rojo. En medio del estacionamiento del nuevo local, todo se iba montando lentamente. Las viejas iban y venían, observaban como de a poco todo cobraba vida y se desesperaban por la eternidad de aquella tarde callada y expectante. El barrio latía en una calma de  fiesta y feriado.

La noche cayó de repente. Para esas horas ya casi estaba todo listo. Lo único que faltaba era que lleguen los invitados. Los vecinos en sus casas ya se estaban preperando. Dentro de la estación de servicio se armó una especie de zona vip, donde se encontraba el escenario y los muebles que habían sido descargado de los camiones. Carteles y banderas de la marca decoraban todo el lugar. Fuera de esta zona, los servicios de la estación continuaba con normalidad. Las personas que iban hasta ahí a cargar combustible o comprar algo, se quedaban a husmear un buen rato, admirando el decorado y el portentoso escenario que ya estaba cargado de instrumentos musicales y todo tipo de luces que iluminaban sus colores hacia el cielo. Aquél espacio exclusivo se convirtió en una pequeña discoteca que en cualquier momento empezaría a retumbar en toda la cuadra. Un grupo de guardias privados habían llegado hasta la estación y recorrían todo el terreno de punta a punta, cuidando que nadie se haga del vivo y estropeé la fiesta. Pero en el barrio nadie tenía pensando estropear nada. Era el mejor día en muchos años y aquél que intentará hacer una macanada, corría el riesgo de ser vilipendiado por los vecinos. Es más, la pequeña comisión vecinal del lugar había determinado entre sus miembros algunas reglas de conducta que debían ser acatadas ante cualquier circunstancias. San Kandé podía ser un pequeño barrio de la periferia, excluida y olvidada, pero nadie podía negar la voluntad de organización y el respeto que se tenían entre los vecinos, valores que se habían perdido hace años en la urbe y en los barrios residenciales.

Las primeras personas empezaron a llegar. Era gente de la empresa que llegaba temprano para cerciorarse de lo últimos detalles. Para haber salido de sus oficinas, aguantar el calor húmedo del día y el largo viaje hasta San Kandé; reflejaban una gran presencia que no pasaba desapercibido en ese lugar. Pantalones bien planchados, camisas importadas, zapatos bien lustrados y el acento urbano, corto y mandón, intimidaban a todas los empleados que estaban montando la recepción. Ellos, que también eran simples empleados, no querían estar ahí. En cada una de sus caras, se notaba un aire de fastidio y desgano que no combinaba con el ambiente festivo del barrio. Seguro estaban cansado de la misma rutina, organizar fiestas y recepciones cada vez que una nueva estación de servicio de su empresa era inaugurada. Esos oficinistas de la ciudad estaban hartos de esa parafernalia y sus rostros lo delataban. No había nada de divertido en estar preocupados por carteles, vallas y sorteos. Pero ellos no tenían otra opción, debían estar ahí bien vestidos como anfitriones de la velada, mandando a todo el mundo y cuidándo de que nada salga como el carajo. Al otro lado de la cuadra un gran auto de color negro estacionaba cuidadosamente y los organizadores se miraban entre sí con un gesto de alivio como si hubieran estado esperando a alguien desde hace un rato.

Era la dueña del local. Se llamaba Julia Riquelme y había pasado toda su infancia y juventud en San Kandé. De eso ya había pasado mucho tiempo, ahora estaba a punto de entrar a los 50 y era una divorciada con mucho dinero. En San Kandé, llegó a ser la muchacha más hermosa del barrio hasta que fue a la ciudad a sacarle provecho a esa virtud. Enamoró a hombres poderosos y se casó dos veces. Su último esposo, un viejo empresario del transporte le había comprado unos terrenos en su barrio de juventud, luego de que el matrimonio quebró, ella fue a vivir con otro hombre con más poder que el anterior, se quedo con esos terrenos y se alió con la gente de la estación de servicio para montar un nuevo local en ese lugar. A pesar de poner a San Kandé en la orbita de las estaciones de servicio, en el barrio ya nadie la quería. Hasta allí habían llegado muchos rumores sobre sus andanzas de cazafortuna. Aquellas historias no habían caído nada bien en el ambiente puritano del barrio, que no estaba acostumbrada, ni comprendía la moral y el estilo de vida de la gente de la ciudad. Así que, cuando corrió la voz de que Julita era la dueña de la estación nadie supo como reaccionar. No sabían si tenían que indignarse y quedarse en casa, o estar feliz a pesar de todo e ir igual. Los vecinos se indiganaron primero y después fueron igual.

Los invitados llegaron puntualmente a las ocho. La mayoría de ellos eran de la ciudad. Estacionaban sus automóviles en el patio baldio que estaba al lado de la estación. Desde allí iban por un pequeño caminito de tierra roja que levantaba polvo por el calor. El clima, que durante el día fue agradable, ahora se sentía húmedo y pesado. Las mayoría de las mujeres llevaban vestidos largos y holgados, los hombres presentaban una tenida sport elegante con sacos al cuerpo, camisas livianas y pantalones color beige. Ninguno de ellos llevaba invitación. El único parámetro que tenian los guardias de seguridad para saber quien era invitado o quíen no, era la pilcha o algún gesto de aprobación de los organizadores que andaban a las corridas. Julia Riquelme los recibía a cada uno de ellos con una gran sonrisa y un efusivo abrazo. Luego posaban para una foto de recuerdo con una gran sonrisa que brillaba bajo el relampagéo del flash. Cada uno de ellos se iban acomodando en las mesas y sillas distribuidas por toda la zona preparada en el estacionamiento del local. Lentamente la improvisada zona vip se iba llenando de gente. La música ya sonaba por los bafles con un incesante tunchi-tunchi y los mozos corrían de un lado para otro con las bandejas en manos, distribuyendo todo tipo de bebidas. La recepción había comenzado, y también los vecinos se iban sumando.

Llegaron todos juntos. Como si lo habían coordinado de antemano. Todo el grueso de San Kandé iba caminando por el asfalto como si fuera la procesión de su santo patrono. Desde lejos los guardias los venían venir y avisaron a los oficinistas de lo que estaba ocurriendo. Los vecinos no venían con malas intenciones. Llegaron hasta la estación de servicio y se toparon con la valla que les advertía de que la celebración era un evento privado. No dijeron nada, nadie se quejó. Se colocaron detrás de la valla y ahí se quedaron toda la noche. Al mismo tiempo en que llegaron los vecinos, también llegaron personas de relaciones públicas y fotográfos de todos los medios de prensa. En un pestañeo la cuadra colapsó con móviles de prensa y servicios de publicidad. Los kandecinos lo miraban con asombro y envidia, cada vez que uno de ellos podía pasar la valla. En un lado de la estación de servicio se encontraban un puñado de citadinos, bebiendo y charlando ceremoniosamente entre ellos. Todos parecían conocerse. Los fotográfos se mezclaban en cada grupo y hacían click aquí y click allá, los mozos parecían unos malabaristas llevando bandejas y bandejas de refrigerio para los invitados, la música no paraba sonar y nadie podía imaginarse que toda esa pequeña discoteca de colores y risas se encontraba en medio de un autolavado grasiento y mugroso que no tenía el glamour de sus invitados. Pero que carajos, eso no importaba. Gracias al trabajo de la gente de marketing, todo había cambiado y nadie notaba nada.Desde el otro lado de la valla, los kandecinos hablaban por lo bajo y miraban curiosos todo lo que sucedía en aquél exclusivo cuadrilátero. Nadie se atrevía a pasar del otro lado de la valla.

A pesar de todo, los vecinos parecían contentos. Las viejas chuchicheaban entre ellas, mientras otros sonreían. Los padres llevaban a sus hijos en sus hombros y los niños, con toda su inocencia, preguntaban sobre las cosas que veían. Los más jóvenes se daban el gusto de disfrutar de un helado del autoservice e iban y venían de sus casas trayendo sillas para los viejos y algunos bocaditos que habían preparado. En esa exclusión casi pasiva, los kandecinos parecían pasarla bien, respetando lo que sucedía y no molestando a nadie que saliera o entrará a la pequeña zona vip donde todo ocurría. Y mientras la fiesta se partía en dos grupos segregados que disfrutaban de un viernes a la noche cada uno a su modo, una pequeña camioneta de color blanca se paraba frente a la estación llamando la atención de todo el mundo. Los organizadores corrieron hasta la camioneta, charlaron un momento con el conductor e hicieron un gesto de que todo estaba en orden. La pequeña camioneta deslizó sus compuertas y del interior saltaron dos exhuberantes y voloptuosas muchachas que se acomodaban sus vestidos y con la mano se alizaban el cabello. Cuando el conductor de la camioneta terminó de hablar con los oficinistas, arrancó el motor y se fue. Las muchachas pegaron la vuelta y fueron hasta la zona vip, en donde los fotográfos y los carteles de publicidad las esperaban. Eran las bellas promotoras, habían llegado un poco tarde pero ahí estaban, pavoneándose en San Kandé.

Todo el barrio giró la cabeza para verlas y nadie despegaba la vista de ellas. Las promotoras eran dos chicas que llevaban un enterizo de color blanco, que de la nada se partía en dos a la altura de los senos para dejar libre gran parte de esos atributos a la imaginación de los muchachos. Las dos eran pequeñas, de tez morena y cabellera alizada. Sus cuerpos habían sido tallados en horas de gimnasio, spa y lásers regenerativos pegados al culo. Sus cutis, impecables, combinaban con el rojo chillón de sus labios. Ningúna mugre rebelde osaba en posarse sobre ellas. Eran la antitesís de las vírgenes inmaculadas. Mitad robotícas, mitad humanas. Caminaban serias, sin mirar a los costados, en un silencio sepulcral que las llenaba de una solemnidad casi extraña. Las otras muejeres se carcomían en su envidia y los hombres trataban de disimular sus miradas pero era inevitable. Las miradas bajaban y subían. Esos instintos tan involuntarios, afloraron durante todo el trayecto de las chicas hasta su puesto de trabajo que se encontraba al lado de una pileta llena de cupones que estaba preparado para un sorteo. Las chicas se acomodaron ahí, se pararon con firmeza, levantaron todo lo que habían traído y se quedaron tiesas, sonriendo toda la noche. Luego de un rato, los cuchicheos y las miradas terminaron, y todos volvieron a concentrarse en la fiesta. En San Kandé nadie había visto nada igual, pero para asegurarse, cada tanto pegaban una mirada hacia aquél par de muñecas tratando de explicárse si lo que veían era real.

Apenas las promotoras se instalaron en su lugar, se decidió hacer el sorteo. La fiesta tuvo una pausa. El sorteo era la primera actividad de la noche, asi que todos se acercaron hasta la cuponera para participar del evento. La empresa encargada de la estación, había contratado para la ocasión al animador televisivo y radial del momento. Un lujo. Como todo animador de los medios, era un pedante hiperactivo al que todo le parecía hermoso. No paraba de reír, gesticular, charlar, sacarse fotos con los invitados y acatar todas las cosas que los oficinistas de marketing le pedían. Los kandecinos estaban maravillados con él, todos los días lo veían en la tele y ahora lo tenían en carne y hueso frente a ellos. Le solicitaban fotos, autográfos en algunas servilletas y entre las pubertas se podía escuchar que el tipo era “más churro en persona”. El animador, con todo el ímpetu que tenía agarró el micrófono, se metió en medio de las promotoras, coqueteo un rato con ellas y empezó a agradecer por la invitación y pidió que todos estén atentos al sorteo porque cualquiera podía ser el afortunado ganador de no se cuanto millones de guaraníes y fabulosos premios. Las promotoras se sacaron los zapatos y se metieron a la pileta. Empezaron a tirar los cupones por el aire y uno a uno los nombres de los ganadores era exclamado a viva voz por el conductor de tv, que animaba a los kandecinos con palmas y gritos que ellos respondían de la misma manera. El tunchi-tunchi no paraba y los kandecinos se encontraban euforicos y enardecidos en ese festival de papelitos voladores y desconocidos ganadores a quienes felicitaban con aplausos sin saber porqué. El sorteo fue el único momento en que todos estuvieron mezclados y felices. Cuando terminaron de gritar todos los ganadores, todos volvieron a sus lugares. La gente de la ciudad en su cuadrilátero exclusivo, los kandecinos detrás de las vallas y las promotoras a volver a sonreir.

Luego del sorteo era el momento de la comida. O eso es lo que todos creyeron cuando se abalanzaron sobre el buffet que se encontraba escondido detrás del escenario. Cuando todos se dirigían hacía ahí, fueron atajados por los organizadores quienes avisaron que primero se debía cortar la cinta inaugural para disfrutar del banquete. El problema era que esa actividad todavía no se había realizado por culpa del Padre que tardaba en llegar. El cura, que venía de la ciudad,  era el encargado de bendecir el nuevo establecimiento y sin su presencia nada podía continuar. Entre la confusión de no comer todavia nada y el retraso del Padre, los kandecinos se encontraban desconcertados con lo que sucedía. Rápidamente corrió la voz del contratiempo y se preguntaron porque no habían pedido la presencia del párroco del barrio que vivía solo a tres cuadras de la estación. Sin embargo, nadie mocionó ni recomendo a los organizadores hacer eso, menos aún en un evento donde la estrella era Julia Riquelme. Mientras tanto el tiempo pasaba y la anhelada inauguración se hacía esperar.

Cuando el Padre llegó todos estaban con caras largas. El cura se llevó unos 45 minutos de retrasó y no parecía inmutarse sobre su irresponsabilidad. Se acercó y saludo a todos con una sonrisa, mientras bendecía todo lo que se cruzaba frente a él, playeros, bebés, mascotas, mozos, lubricantes, etc. Se parecía mucho al animador de la televisión, tenía los mismos ademanes y gesticulaba animadamente con todos. El Padre era un viejo canoso, con una barba grasienta por la humedad y llevaba unas sandalias viejas y desgastadas. Luego de interactuar con una gran cantidad de personas, llamó a un mozo y pidió un vaso de coca, mientras se acomodába en uno de los grande sofás instalados. Se cruzó de piernas y levantó un poco la manga de pantalón y con el vaso de coca en la mano comenzó nuevamente a charlar con las viejas sin preocuparse de lo que sucedía a su alrededor. Aquello fue demasiado. Los organizadores fueron y hablaron con Julia Riquelme. La señora a su vez, fue y hablo con el Padre. Esté, escuchando atento a las indicaciones, asintió con la cabeza y lanzó una nueva sonrisa. Toda la fiesta centraba su mirada sobre el Cura, que lentamente se levantó del sofá y comenzó a organizarse para la bendición del nuevo establecimiento. Julia Riquelme y los directivos acompañaban al padre, que en el instante se calzó su sotana y mandó traer una biblia de su automóvil. Los Kandecinos, observaban todo con asombro y fueron momentaneament desalojados de sus puestos, ya que en ese lugar se iba a ofrecer una oración y el corte de la cinta inaugural. Los Kandecinos sin decir nada, acataron la orden.

Todos estaban muy serios. Una de las máquinas que expedía gasolina fue elegida como altar provisorio. Alrededor de ella se acomodaron Julia Riquelme y los directivos de la empresa, en el medio se encontraba el cura. La música había cesado un instante, y los reporteros gráficos de se colocaron frente al pequeño grupo para retratar la ceremonia y guardarla para la posteridad. El animador de televisión también se sumo al grupo y dejó su personaje a un lado por un instante para ponerse serio. Estaban a punto de rezar. El animador agarró el microfóno y pidio que la gente se acercará para bendecir a la estación y rezar un padre nuestro. Solo algunos hicieron caso y dieron unos pasos hacia adelante. El resto se quedo mirando desde lejos lo que sucedía. Luego, el que tuvo la palabra fue el sacerdote que comenzó con un sermón soporifero que agrieto mucho más el apetito de los presentes. Después, ìnvitó a que todos se agarren de las manos para rezar un Padre Nuestro. Julia Riquelme y sus socios se agarraron de la mano, formaron una especie de cadena y bajaron las cabezas. Los invitados se limitaban a mirar, ellos no tenían porque rezar. Entre los kandecinos, alguna que otra vieja acompañaba la oración. Cuando terminaron de rezar, el sacerdote agarró un pequeño bol que contenía agua bendita y las ramas de una planta. Metió las ramas dentró del bol, las mojó y empezó a sacudirlas por todo los surtidores. Habían dos. Bendijó los dos. Luego, fue hasta el autoservice y realizó el mismo procedimiento. Nadie decía una palabra, solo acompañaban con la mirada todo el recorrido del sacerdote, que inclusive fue hasta el baño para bendecirlo. Cuando volvió al surtidor todo estaba listo. De la nada apareció una tijera y uno de los directivos procedió a cortar la cinta mientras los aplausos de la multitud se confundían con los flashes de las cámaras. La primera estación de servicio de San Kandé estaba inaugurada.

Luego del sorteo y la bendición era el momento de la comida. Cuando el Padre quiso ofrecer un último sermón nadie le prestó atención y desalojaron el lugar de la pequeña homilía improvisada. El religioso no tuvo otra cosa más que hacer un Padre Nuestro final y sumarse al grupo de hambrientos que ya iban en dirección al grandioso banquete que los esperaba. Entre la muchedumbre que iba ingresando a la zona vip, muchos niños kandecinos se colaron y se mimetizaron en medio de toda la parafernalia. El buffet estaba dividido en dos sectores, uno donde se encontraban todos los tipos de carne, y otro en que uno podía abastecerse con cualquier cantidad de ensaladas. También habia un pequeño espacio dedicado para los panificados y las bebidas. Sin formar filas, con desorden, como si fuera una repartición de víveres en medio de una guerra, los invitados estiraban sus brazos y se contorneaban en una danza de platitos que iban y venían, llenos salsas, pancitos y ensaladas. Los más entusiasmado con la comilona eran los fotográfos y la gente de relaciones públicas. Viejos conocedores de este tipo de eventos, siempre estaban dispuestos para cualquier actividad social donde haya comida gratis. Comer bien y hacer contactos con directivos y empresarios, era el único sueldo que ellos tenían al hacer horas extras. Y de eso no se quejaban. Estaban felices por cargar y cargar sus platos y beber y beber de sus vasos. Ningún kandecino se atrevió a cruzar la valla para agarrar un platito. Los bocaditos le llegaban gracias a los niños que iban y venían sin descanso, abasteciendo a sus padres, tías, abuelos y hermanos mayores. Los organizadores no podían hacer nada. No habían previsto aquello y ahora la situación se les escapaba de las manos.  Además, un conjunto musical había llegado y lentamente iban bajando sus  instrumentos y amplificadores que se acomodaban en el escenario para un show final, así que la viveza de los niños era un problema menor al final de cuentas. Los músicos también se sumaron al banquete, eran como veinte personas, entre integrantes de la banda y personal técnico. Se habían bajado de una furgoneta ploteada de un amarillo chillón, con una tipografía horrible que rezaba “Grupo Santa María” y que estaba adornada por la foto de cada uno de los miembros del grupo.  Eran un grupo folclórico que cada tanto aparecían en los programas de televisión, especialmente en los shows domingueros y los especiales de fin de año. Los kandecinos se dieron cuenta de que un show musical estaba a punto de comenzar y corrieron a sus casa a traer más sillas. De pronto se armó otra especie de zona vip, creada por ellos mismos, en donde todos estaban sentados, aguardando que los músicos suban al escenario. Antes de que los kandecinos se acomoden completamente, el animador subió al escenario con un estrepitoso grito de “San-Ta Ma-rí-AAAAAA!”  y la muchedumbre estalló en un griterio ensordecedor y llenos de aplausos. La música había comenzado.

A pesar de su repertorio, el grupo no era tan bueno como parecía. Interpretaban polcas, guaranías, ritmos tropicales y canciones propias, un mejunje empalagoso  de mal gusto que quizás, explicaba el horrible ploteado de su furgoneta. Aún así, la gente estaba feliz. Especialmente los invitados de Julia Riquelme, representados en un puñado de viudas y solteronas, que se amontonaron frente al escenario para bailar y aplaudir. El resto miraba desde lejos. Detrás de las vallas, los kandecinos se acercaban lo más que podían y también aplaudían y bailaban, mientras que los niños saltaban en los hombros de sus padres. El inicio del show musical fue aprovechado por la gente de los medios para abandonar el lugar. El primero de todos fue el animador, que posó para las últimas fotos y después fue directo a su automóvil del año para luego perderse en la oscura noche de San Kandé. Los fotográfos y la gente de relaciones públicas también hicieron sus últimas diligencias, comieron los últimos bocaditos y dijeron adiós. La muchedumbre se encongió y solo quedaron los kandecinos y los amigos cercanos de la señora Julia. Durante el concierto del Grupo Santa María todos parecían más relajados, los kandecinos entraban y salían del autoservice, comprando bebidas, caramelos y helados. En cambio, la gente de ciudad deliraba con cada una de las canciones de la banda folclórica. Todo era hermoso. Y a pesar de la valla que dividía a los dos grupos, bajo la música, la fiesta se había homogeneizado en una alegría compartida por todos.

Inclusive Ña Tita se emocionó. Agarró su asiento plegable e intento cruzar la valla, ningún kandecino lo había intentado antes. Los del barrio no entendieron porque quiso hacer eso, tampoco los guardias, quienes atajaron a la señora, totalmente desconcertados. Ña Tita era un emblema de San Kandé. Una vieja diabética de más de 70 años que apenas caminaba pero que tenía un espíritu envidiable y que podía hacer lo que se le antojará. Los guardias igual la atajaron. Era su deber. Llamaron a los organizadores y ellos vinieron corriendo hasta la valla para encontrarse con una señora obesa que estaba entusiasmadísima con el concierto y quería acercarse al escenario. Nada más. Los organizadores la trataron con mucha amabilidad y la dejaron pasar para llevarla a una oficina improvisada que se había colocado en la zona vip. Ña Tita entró con ellos y estuvieron hablando mas o menos unos diez a quince minutos. Hasta que la señora salió, pero ya no tenía el entusiasmo inocente de hace rato, sino una resignación educada y amable, como si había comprendido las circunstancias del evento y las razones expuestas por los organizadores. Como consuelo traía en una de sus manos una bolsita con la marca de la empresa. Adentro había una remera, una gorra y varias calcomanías de la marca. Al llegar nuevamente a su puesto, desplegó su silla y volvío a sentarse. Ningún kandecino dijo una palabra, mientras tanto Ña Tita fijaba nuevamente su mirada en el escenario y sujetaba con fuerza su bolsita blanca.

Ese momento incomódo no tenía que volver a repetirse. Asi que los organizadores llamaron a cada uno de los kandecinos, los hiceron formar una fila, y uno a uno ingresaban a la pequeña oficina improvisada para retirar su bolsita blanca. Algunos encontraban remeras, llaveros, calcomanías, gorros, boligráfos y encendedores. Si alguno de ellos tenía un accesorio repetido, lo cambiaba con otro por algo de su interés. Los kandecinos se habían olvidado del concierto en ese momento. El show ya entraba en un su parte más aburrida, el vocalista del grupo comenzaba una torpe animación y la música era un híbrido latoso de la peor cumbia fusionada con polcas tropicales que nadie conocía. Muchos de los invitados ya se habían ido, pero el primer círculo de amigos de Julia Riquelme aún continuaba bailando frente al escenario y sacándose fotos gracias a algún fotográfo de batalla que aún merodeaba por ahí. Cuando la repartición de bolsitas terminó, los organizadores desmontaron la pequeña oficina, fueron a susurrar algo a los guardias. Estos acataron las órdenes y cerraron la entrada con una pequeña cadena, símbolo de defunción de la noche. No había nada más que hacer.

Los kandecinos vieron aquél movimiento. Lo entendieron,  pero nadie dijo nada. Se quedaron mirando el concierto unos minutos más, algunos seguían bailando y cantando. Cuando los más viejos comenzaron a inquietarse y mirar su reloj todos entendieron que para ellos la fiesta terminó. Comenzaron a juntar sus sillas y a despedirse entre todos. Algunos volvían a sus casas en pareja, otros por su cuenta y los más entusiasmados decidían quedarse unos minutitos más para disfrutar todo el concierto. La pequeña zona que habían ocupado se quedó vacía en menos de diez minutos y el rastro de su propia fiesta ensuciaba todo el lugar. Los playeros que tenían turno esa noche empezaron a trabajar y limpiaron toda la suciedad que había quedado.  Media hora después la música terminó. Otra hora y media más tarde, el patío baldío improvisado como estacionamiento quedo vació y oscuro. Antes de la medianoche los últimos camiones que llevaban el armaje del escenario, los carteles y la valla que lo había divido todo, desaparecían del barrio. Esa noche quedaron solo dos playeros de guardia. Dos muchachos kandecinos. Eran los que iban a contar a la mañana siguiente a sus padres y abuelos como había acabado la noche. Sin penas para unos, con indiferencia para otros.