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Los Impotentes

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Cuando el Negro llegó todo terminó. Mustafá, Jorgito y el Piru se dieron cuenta de eso cuando el Negro saludo a los tres y se ubicó al lado de Julieta. Bien a lado. Los cinco se miraron entre sí y ninguno pudo evitar el silencio incómodo e inoportuno. Era obvio, el Negro era el macho alfa de ese apartamento. El dueño del boliche. Jorgito que estaba sentado en el sofá,  pegado alevosamente a Julieta, se levantó y salió a fumar al balcón. Mustafá trató de romper el hielo y comenzó a bromear con el Piru y el Negro pero sin mucho éxito. Todo se fue a la mierda y en lo único que pensaban los tres era en rajar de ahí. Ya no había nada más que hacer. Pero esperaron un poco. Para que no parezca tan evidente la intención por la que habían ido hasta ese lugar. Así que para animarse preguntaron si aún había cervezas y Julieta les dijo que no. Se ofrecieron para ir a buscar y Julieta les dijo que no hacía falta. Ella se apartó y habló un rato con el Negro en la cocina. Después los dos salieron a buscar las cervezas. Los tres invitados se quedaron en silencio y salieron al balcón a mirar desde arriba, vieron como el Negro abrazaba a Julieta por la cintura. Ella boba, le sonreía mientras caminaban por la calle. No había dudas, aquél mamotreto era su macho.

  • ¿Y después, qué vamos a hacer? – preguntó Mustafá.
  • Ahora son las 10 y media recién, tenemos tiempo todavía para llegar al concierto ese de jazz ese en el centro – Dijo el Piru.

Desde un principio todo había sido idea del Piru. Él fue el que invitó a Mustafá y a Jorgito al concierto de Jazz y también el que los llevó al apartamento de Julieta.

  • Bueno, vamos a esperar que vengan, tomamos alguito más y despues nos rajamos – dijo Mustafá – ¿O vos qué decís Jorgi?
  • Si, que se yo. Lo que ustedes digan nomas – respondió Jorgito que no parecía muy motivado.

La pareja tardó en comprar las cervezas. Cuando volvieron encontraron a sus invitados en silencio, aburridos. En aquél apartamento no había absolutamente nada. Tenía solo dos habitaciones, era pequeño y estaba mal cuidado. Julieta no tenía una pieza propia, solo unos colchones tirados en el suelo, una pequeña heladera y una cocina eléctrica. No parecía necesitar nada más. Julieta había llegado del interior y se acostumbró a la vida de ciudad por su cuenta en trabajos irregulares, sin muchas ambiciones. Tenía poco más de veinte años y no era hermosa. Pequeña, flaca, de tez pálida y con un flequillo desaliñado que era lo único que le sentaba bien. Era una chica alegre, predispuesta y que se sentía más cómoda entre varones. Había conocido al Negro en una fiesta de reggae y desde esa vez no dejaron de verse. Piru también la conoció de esa manera y se hicieron muy amigos, particularmente porque tenían una debilidad común por la marihuana. En realidad, las ganas de fumar ese día era la razón por la que todos estaban ahí. Piru andaba seco y cuando recibió un mensaje de Julieta, que estaba bien abastecida, no dudo un segundo y fue junto a ella llevando consigo a Mustafá y a Jorgito. Pero a pesar del alcohol y el porro, la tensión después de la llegada del Negro no desapareció. Todos estaban bloqueados, hablando de cosas superficiales sin sentido, escuchando música desde un celular y con ganas de estar en otro lado. Luego de un poco más de media hora la cerveza terminó, también el yuyito. Como los tres invitados ya no tenían vela en ese entierro, se despidieron de la pareja y salieron a la calle para buscar otro rumbo. Era medianoche y un viento sur los tomó por sorpresa.

  • Che, ¿vamos irnos a lo del jazz? – preguntó Jorgito.
  • Pasada las doce es, seguro ya terminó – respondió Mustafá.
  • Que mierda. Pero no pasa nada, igual podemos irnos a lo de Ña Lucy – dijo Piru.
  • ¿Quién puta pio es Ña Lucy? – preguntó Mustafá
  • Mustá, sorpresa. Vos tenes que hacerme caso nomas – dijo Piru como si fuera que conocía la movida nocturna.
  • Seguro es un gran putero. Este Piru tiene cara de putañero luego – dijo Jorgito – Si quieren irse a un putero, acá cerca queda uno. ¿Tu “Ña Lucy” queda cerca?.
  • No tanto, tenemos que caminar unos cuantos todavía – respondió Piru.
  • El que te digo queda acá cerca.
  • ¿Cuánto es “acá cerca”? – preguntó Mustafá.
  • Unas 5 o 4 cuadra por ahí – dijo Jorgito.
  • Bueno, y vamos nomas ya al tuyo entonces – dijo Piru.

Por las calles no había nada. Era mitad de semana y los tres tenían que despertarse temprano para trabajar al día siguiente, pero aquello no les importaba tanto. Los tres iban hablando de Julieta, el Negro y como se quedaron con las ganas de un poco más. Mustafá no paraba de hablar del pantaloncito amarillo de entre casa que tenía puesto Julieta y de sus piernas pálidas y bien depiladitas. Se imaginaban a los dos ahora mismo, tocándose, tirados sobre el colchón de ese sucio apartamento y se les revolvía el estómago. Negro de mierda. Cuando esa imagen llegó a la conversación, cambiaron de tema. Piru y Mustafá preguntaron a Jorgito como conocía el lugar a donde ahora los llevaba. Jorgito siempre había sido una especie de monje tibetano. En ese momento de su vida, no tenía una novia, no trabajaba, ni tampoco estudiaba, además no era muy dado a la bebida y ni a los puterios de la vida. Era una ameba, no hacía un carajo. De los tres, era el más prudente. Jorgito les respondió que conocía él burdel porque estaba de camino a su ex trabajo. Siempre pasaba por ahí y veía a unas viejas sentada frente a la puerta, bajo una luz de color violeta. Eso era todo lo que él sabía. A los otros dos les pareció que la información estaba bien y continuaron caminando. Con sus veinte y picos de años era la primera vez que ellos iban a un lupanar. Que mas da. Estaban relajados por la hierba y mareados por la cerveza.

Las últimas dos cuadras caminaron en silencio. Ninguno tenía ganas de hablar, iban metidos en sus propios pensamientos. Hasta que Jorgito señaló hacia delante y les mostró que ya estaban cerca. Frente a la puerta de color violeta estaban paradas dos chicas. Eran dos rubias y una de ellas un poco gordita pero sin perder el molde. Las dos llevaban unos tacos altos, minifaldas, y a pesar del frío tenían puesto solo unos corpiños. Cuando los muchachos llegaron no entraron con decisión. Se quedaron enfrente mirando a las chicas y mirándose entre ellos. Sonreían sin decir nada hasta que Piru dejó de titubear y fue el primero en entrar. Los otros dos le siguieron. Las dos chicas también y le mostraron el camino. Era un viejo pasillo, con las paredes gastadas y llenas de humedad. Luego doblaron a la derecha y entraron a una sala en donde habían más chicas. Les invitaron a sentarse en un sofá con el tapizado roto por todas partes. Una de las muchachas les preguntó si querían tomar una “cervecita”. Ellos aceptaron y de repente apareció una lata de una marca de dudosa procedencia que entre los tres iba corriendo. Mientras tomaban la cerveza, ellos no paraban de reír, especialmente Mustafá que a cualquier cosa dejaba escapar largas carcajadas. Jorgito no decía nada y Piru hacía el papel de gran señor con las piernas cruzadas y una disimulada serenidad. En cambio, las chicas estaban a cara de perro esperando a que los muchachos digan algo. Pero ellos no decían nada. El problema era que las “muchachas”, eran realidad unas viejas, maduras, veteranas de la profesión. Las únicas jovencitas de ese lugar eran las que estaban en la puerta. Las dos habían hecho bien su trabajo de señuelo y los tres pendejos cayeron en una emboscada de gordas baratas y lencería gastadas. Les habían jodido, pero ellos solo sonreían.

  • ¿Y después, que van a querer papitos? – preguntó una de las viejas. Era una especie de vocera del lugar y tenía una cara de pocos amigos.

Como Mustafá solo reía y Jorgito estaba duro en su lugar, el encargado de hablar fue Piru. Preguntó el precio de las chicas y los servicios que hacían. Estaba entusiasmado y gesticulaba con sus manos como si conociera la jerga puteril. En realidad no sabía un carajo. Todo era mécanico y no había ningún aire de erotismo en ello. Era como ir a comprar el repuesto para un aútomovil y preguntar cual era la marca más recomendada, si venía con descuento y hasta cuando aguantaba. Luego de una larga negociación, la vocera de las viejas se cansó y preguntó a los muchachos si estaban ahí solo para bromearlas o en realidad querían algo. Los tres se asustaron, después se calmaron y la eligieron entonces a ella por su agresiva actitud y a una de las jovencitas que había estado en la puerta. Llegaron a una buena negociación, una especie de dos por uno que incluía una cerveza gratis y el servicio de una hora. Las dos mujeres se acercaron y llevaron a los muchachos por otro largo y oscuro pasillo que terminaba chocando por una escalera. Subieron por ella mientras Mustafá codeaba a Jorgito y le indicaba con la mirada las gordas nalgas de la vieja que subían y bajaban sin mucha coordinación y lleno de celulitis. Los dos reían por lo bajo y Piru, emocionado, iba agarrando del culo de la más jovencita que no decía nada. Después de la escalera, caminaron por otro pasillo que tenía luces de color rojo y en el cual había varias piezas. Entraron a una de ellas y vieron una gran cama bien echa. Dentro de la pieza no había nada más que esa cama y una luz colorada que encandilaba todo. Apenas entraron, las dos chicas se desnudaron y se quedaron paradas esperando a los muchachos. Ellos no se movieron, hasta que la vieja les volvió a llamar la atención y les dijo que la hora ya estaba corriendo. Piru se encaramó con la vieja y Mustafá agarró a la más joven, en cambio Jorgito se acomodó en una silla y destapó la lata de cerveza que le habían dado de cortesía mientras miraba como sus amigos se acomodaban en la cama y recibían a cada una de las mujeres entre sus piernas. El reloj corría y a partir de ese momento los tres dejaron de reír y se perdieron en el silencio.

El primer cuarto de hora pasó. La cabeza de las mujeres aún reposaban entre las piernas de los muchachos. Ellos, acostados, cerraban los ojos y jugaban con el cabello de las muchachas. Piru parecía el más excitado de todos, diciéndole guasadas a la vieja, con una mueca extraña como si fuera el mejor momento de su vida. En realidad, no lo era. Mustafá callado, bromeaba con la jovencita a la que se ganaba a base de chistes. La chica levantaba cada tanto la cabeza para tomar aire y reía con él. Los dos miraban cada tanto a Jorgito y se burlaban de él por estar mirando como un depravado voyeurísta a lo lejos. Le decían para que se sume y le ordenaban a las dos muchachas para que lo agarren. La más joven pareció hacerles caso e iba a ir en dirección a Jorgito cuando la vieja la atajó y le dijo que se quede en su lugar. Solo iban a ir por él, si Jorgito lo pedía. En cambio él no decía nada y continuaba sentado con la latita de cerveza en su mano. Nadie cambiaba de posición, pero Mustafá y Piru comenzaban a inquietarse. Ya iban casi veinte minutos y no entendían lo que estaba pasando. Decepcionados se miraban el uno al otro y se echaban a reír. Piru pareció no aguantar más, se agarró fuerte de la cabellera de la vieja, lanzó un improperio y la agarró de la cara. Todos se quedaron tiesos. La vieja se soltó de Piru y le dijo que sea la primera y última vez que haga eso. Ella no se andaba con boludeces. Les explicó que, no por estar en un quilombo, podían hacer lo que quisieran. Miró también a su compañera para que a ella le quede claro eso. La joven asintió y las dos volvieron a su trabajo. Mientras tanto, Mustafá preocupado, le decía a Piru que se tranquilice y no haga ninguna macanada. Jorgito en cambio se reía de los dos y parecía aburrirse.

Media hora pasó. Mustafá se cansó de insitir y se levantó. Se disculpó con la joven por el mal momento. Trató de explicarse, pero no entendía lo que pasaba. Esa noche algo no funcionaba. Fue a un costado y la muchacha quedó libre. Piru también se sentía de la misma manera que Mustafá, pero el continuaba fingiendo estar exitado y la vieja comenzaba a hartarse de él hasta que en un momento le dijo que su protección se le había roto. Se levantó para cambiarlo por uno nuevo y le dijo el precio del nuevo profiláctico. Piru negó con la cabeza. No quiso saber nada de ninguna protección y la vieja volvió a hacer su trabajo. Aún le quedaban unos minutos. Mustafá, desnudo, fue hasta a Jorgito para convencerle de que vaya junto a la joven que estaba sentada al borde de la cama, sola y riéndose de los dos. Jorgito se negó, luego dudo un instante y al final fue. Abrazo a la joven y no sabía que hacer. La muchacha era un poco más alta. Él no sabía si jugar con su sexo, tocarle las tetas o el culo. Hizo la tres cosas de una vez. Luego empezó susurrarle cosas y le besaba la oreja. La chica no decía nada y parecía avergonzada por los torpes movimientos del pendejo. Al final, Jorgito se bajo el pantalón y se sentó al borde la cama. Fue en ese momento cuando la vieja se cansó de Piru. Se levantó indignada, fue hasta la ventana y con rabia pidió que el muchacho vaya a darse una ducha. Según ella, el Piru no era nada higiénico. Piru protestó un momento, miro a sus amigos buscando apoyo, pero al final fue a la ducha. Mustafá y Jorgito se quedaron boquiabiertos por lo que pasaba, la vieja explicaba a los dos que, así como los clientes pedían que las muchachas siempre estén limpias y bien presentables, ellas también tenían el derecho de exigir lo mismo. Jorgito y Mustafá sintieron vergüenza ajena por su amigo y dieron la razón a la vieja. Al final terminaron riéndose del Piru que en ese momento fue al baño a lavarse los huevos. El tiempo corría y todo se estaban cansando porque no pasaba nada. Mustafá se encontraba sentado en la silla haciendo unos estiramientos aquí y allá, conversando con la vieja que estaba recostada en la cama esperando al Piru. Le preguntó si esto solía pasarle a otros hombres. Ella le dijo que sí, especialmente a los borrachos. El alcohol mata la virilidad le decía. Mustafá se disculpó con la vieja en nombre del Piru, diciéndole que su amigo siempre había sido un poco especial y cosas así. La vieja le dijo que todo estaba en orden. Había tenido días peores. Después llamó a Mustafá para que se sentase a su lado. Él obedeció, se acomodo y ella comenzó a masturbarlo mientras le miraba y le besaba en la oreja. Jorgito no entendía lo que pasaba. Se sorprendía de la capacidad que tenía Mustafá de caerle bien a las personas. De la nada, las dos putas le habían mostrado mucho cariño a su amigo. La joven se reía de sus chistes y la vieja se había enamorado de él. Mustafá tampoco entendía. Él solo trataba de ser correcto para no meterse en problemas en aquél lugar de mala muerte.

El Piru volvió. Pareció venir renovado, con más ganas. Mustafá regresó a su lugar para continuar con sus estiramientos y la vieja observó de mala manera al Piru, bajó la cabeza y le dijo que ahora todo estaba en orden. Los dos volvieron al tema en que se habían quedado. Jorgito estaba más entusiasmado y trataba de aprovechar cada segundo de la hora. Mientras la joven estaba metida con la cabeza entre sus rodillas, él le acariciaba los senos y las nalgas desde arriba. No paraba de susurrarle cosas al oído y se moría de las ganas de besarla en la boca. Sentía el perfume barato y le daba nauséas. Después metió despacio un dedo, después otro y sintió como la joven estaba húmeda y empezaba a jadear. Piru y Mustafá comenzaron a reir y burlarse de Jorgito. No sabían que el monje tibetano era un pequeño depravado sexual. Jorgito ya no escuchaba nada. Le dijo algo al oído a la muchacha y esta subió encima de él. Se balancearon una o dos veces pero no funcionó. La muchacha volvió a acomodarse y encontraron una posición que le convenía a los dos. Estuvieron así un rato, la joven se echó sobre el cuerpo de Jorgito y esté podía sentir como el tibio aliento de la muchacha se mezclaba con su perfume. Las nauseas comenzaron. La joven trataba de besarle y él esquivaba cada embestida apartando la cabeza. Mustafá ya se había rendido. Igual se acercó a la joven para acariciarle los senos. Piru y la vieja continuaban en la misma pelea en donde ninguno ganaba. Alrededor todo era rojo y difuso. Aquella parecía un útero vibrante que deglutía la soledad de esos muchachos para escupirles en la cara. Ninguno recordaba a Julieta o al Negro. Ninguno recordaba nada. Estaban perdidos en la inercia y en las ganas del momento. Cuando la joven que estaba con Jorgito se puso de cuatro para recibir al monje tibetano, que estaba a punto de vomitar, irrumpió en la pieza una gorda en lencería roja gritando “¡Horaaaaa…!”. Los tres se quedaron tiesos y miraron a la puerta. No hubo tiempo extra, ni un “el que mete gana”. Nada. En un pestañeo todo había terminado. Los tres, mareados y decepcionados buscaron sus ropas, no dijeron nada y salieron de la pieza.

Fueron por el mismo lugar por donde entraron. Cuando bajaban la escalera vieron a una chica arropada con una toalla y un hombre desnudo bañándose bajo la ducha. Cada tanto se tocaban los bolsillos para asegurarse de no haber dejado nada en la pieza. Mientras caminaban, Mustafá le pidió el número de teléfono a la jovencita. Está miró a la vieja como esperando su aprobación y la vieja le dijo a Mustafá que no daban ningún número de teléfono a nadie. Que lo único que podía hacer era volver otro día y preguntar por Claudia. Ese era el nombre de la jovencita risueña y de perfume barato. Mustafá comprendió y no dijo más nada. Cuando pasaron frente a la sala de espera, donde estaban todas la chicas, estas les saludaron y se despidieron de ellos. “¿Qué carajos?” pensó Jorgito. Los tres llegaron a la puerta y se despidieron de Claudia y de la vieja. Caminaron en silencio como medía cuadra, se rieron de algo, luego miraron hacía atrás y cruzaron la mirada con Claudia que no les había sacado el ojo desde que salieron. La muchacha estaba recostada nuevamente en la puerta, bajo la luz violeta. Cuando los perdió de vista, bajó la mirada, se acomodo el corpiño y volvió entrar al pasillo húmedo y oscuro.

El centro de la ciudad estaba muerto. La madrugada de un jueves empezaba a crecer en silencio y abandono. Los tres iban caminando callados. No tenían muchas ganas de hablar. Estaban aturdidos pero se quedaron con las ganas de algo más.

  • Puta madre. Me quedé con ganas de darle caña a la vieja – dijo Piru.
  • Loco, que desastre era la vieja. No entiendo como le elegiste – respondió Mustafá.
  • No sé viejo, me conquistó con su actitud, que se yo. Lindita co era, estaba vieja nomas. – decía el Piru mientras tocaba sus bolsillos y revisaba su billetera.
  • Che, y vos ¿qué onda?. Te enamoraste de Claudia parece – le dijo Mustafá a Jorgito.
  • Ni en pedo, estaba buena nomás. Muy buena. Su perfume nomas lo que no pegaba – respondió Jorgito.
  • Che, vamos pue a buscar más pendejas. No podemos terminar asi la noche – dijo Piru emocionado. Parecía que la ducha le había despertado el ánimo.
  • Sii, pero yo no tengo más un peso – dijo Jorgito mostrando su bolsillo vació.
  • Tranquii, no hace co más falta dinero – respondió el Piru guiñándole a los dos.
  • ¿Cómo es la onda? – preguntó Mustafá.
  • Y acá cerca hay un barcito cerca donde suelen ir muchas pendejitas. Después del jazz seguro han de estar toda ahí, loquitas. Vamos – dijo el Piru gesticulando como siempre.
  • Si, que se yo. Vamos – respondió Jorgito. Mustafá también asintió.

Volvieron a callarse. Caminaron unas tres cuadras y nadie dijo nada. Cuando llegaron a la cuarta cuadra Jorgito preguntó si faltaba mucho. Piru le dijo que ya solo quedaba una. Era raro. La cuadra estaba abandonada y no había un alma en los bares por donde cruzaban. Las luces de todos los comercios estaban apagados. De vez en cuando pasaba un automóvil y después se perdía en la noche. Jorgito y Mustafá hablaron de la hora y de que tenían que agarrar el último bus de la noche. Piru les tranquilizó diciéndole que eso era mentira, que toda la noche había bus. Ellos quisieron creer en Piru, pero sabían que no era verdad. Se preguntaron si al Negro le había pasado lo mismo que a ellos con Claudia y la vieja, y les volvió la imagen de las hermosas piernas de Julieta y el pantaloncito amarillo patito. Negro de mierda dijeron entre los tres. Volvieron a callarse y continuaron caminando hasta llegar a una plaza. Las luces estaban apagadas y como la plaza estaba enrejada, no había nadie adentro. Pasaron la plaza y continuaron media cuadra más cuando se dieron cuenta de que todo lo que él Piru había dicho era mentira. Llegaron hasta el bar y estaba cerrado. No había pendejitas fáciles, fanáticas del jazz. Tampoco había Jazz. No había nada. Piru no quiso creer. Se acercó a la ventana y miro adentro para asegurarse. Estaba indignado y trataba de excusarse. Se quedaron un rato frente al local mirando la calle, pensando en que hacer. Al final se decidieron y volvieron a caminar por donde vinieron. Pasaron la plaza, caminaron una cuadra más y antes de que aparezca un bus comenzó a llover a cántaros. Corrieron, se escabulleron, trataron de resguardarse, pero fue inútil. Antes de llegar a la parada, los tres ya estaban completamente mojados. Se acomodaron y se secaron en silencio. Ya no había más nada que decir. Empapados, se quedaron a esperar el bus.