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First Cow: las vaquitas son ajenas

Emprender es uno de los conceptos más gastados de la última década. La alternativa ideal que muchos proponen para lograr la estabilidad económica soñada. El camino perfecto a la autosuficiencia. No más jefes ni estar atados a una compleja maquinaria donde uno hace dinero para otro. Una respuesta casi instintiva ante una situación adversa que se desarrolla en la incertidumbre. Pero también una actitud que genera sus propios dilemas morales y que en First Cow, la última película de la norteamericana Kelly Reichardt, está retratado como la crónica de una época salvaje, caótica y además, como una parábola certera de los tiempos modernos.

La película tiene un arranque extraño con el plano estático de un río por donde un barco carguero va transitando. Una imagen que pasa a la de una mujer paseando por un bosque junto a su perro. El tono contemplativo de esos primeros minutos se torna sombrío cuando la joven se encuentra con un cráneo humano, para luego advertir que allí yacen dos esqueletos en una posición casi marital y de mucho afecto.  Desde el primer minuto Kelly Reichardt anula el suspenso. La película será en un flashback la historia de esos dos muertos.

First Cow, 2020. A24.

Cookie Fisgowitz (John Magaro) es un cocinero que acompaña a un grupo de cazadores de pieles a través de los bosques de Oregón, ubicado en el noroeste americano y abundante en tierras vírgenes. Cookie se encarga de recolectar todo comestible que encuentra en los bosques para abastecer a sus compañeros de expedición, unos hombres rudos, toscos y ambiciosos que sueñan con hacer fortuna explotando los recursos naturales de esas tierras. El cocinero no tiene las mismas ambiciones. El joven es retraído, tímido y realiza sus labores bajo la amenaza de sus compañeros que no comparten la pasiva y extraña actitud que demuestra en el viaje.

Una noche Cookie se encuentra con un hombre desnudo y escondido en el bosque que se presenta como King Lu (Orion Lee). Un ciudadano chino que huye de un grupo de cazadores rusos que lo quieren matar. Cookie ayuda a King Lu. Le ofrece comida y un lugar para dormir en su campamento. Sin embargo, al día siguiente, el chino desaparece. Un tiempo después ambos volverán a encontrarse en la misma región. A partir de ese momento florecerá una especie de relación llena de afecto que se hace implícita en el relato con mucha sutileza, un aspecto pocas veces abordado en los westerns.

Ambos personajes son diferentes. Reichardt narra ese antagonismo a partir de una serie de secuencias en donde King Lu comenta sus ambiciones de fortuna y bienestar, mientras Cookie realiza las labores hogareñas sin aportar demasiado a la conversación. Lo único que atina a expresar es su deseo de contar con un poco de leche para preparar unos bollitos caseros que aprendió a preparar en su época de cocinero. Una idea tan simple que se materializa cuando roban la leche de la única vaca de la región, propiedad del hombre más rico de esas tierras, un potentado empresario británico.

First Cow, 2020. A24.

La receta de Cookie es un éxito en potencia y ambos deciden llevar su producto a la villa más cercana. A partir de ahí todo cambia para la pareja de aventureros. Kelly Reichardt lleva la historia de forma didáctica y lo simplifica hasta el extremo para dejar implícito todos los temas que abarca, política, econonía, amistad, etc. Una clase magistral que retrata los conflictos sociales y económicos sobre el cual se fundaron las sociedades modernas durante el S. XIX, en especial la sociedad norteamericana.

Sin embargo, algo más importante que la parábola didáctica del film, es el dilema moral al que se enfrentan los personajes. Cookie, un joven que no logra encajar en el mundo caótico, violento y viril de esos tiempos y King Lu, un inmigrante que sufre persecución y el racismo imperante de la época. Ambos solo tienen una vía de escape a través de la ilegalidad y lo exprimen (literalmente) todo lo que pueden. No hay ley ni tampoco normas, solo un deseo constante de aprovechar el momento y echarse a largar hacia un lugar menos violento.

First Cow guarda cierto parecido con el gran clásico de Robert Altman McCabe & Mrs. Miller, otro genial western en donde un jugador (Warren Beatty) y una prostituta (Julie Christie), deciden levantar un prostíbulo en unas tierras deseadas por una empresa minera. Tanto la historia de Altman como la de Reichardt son ejemplos notables de cómo algunos tratan de aprovechar económicamente ciertas necesidades que rara vez se encuentran disponibles en lugares inhóspitos, en desarrollo y en donde las posibilidades de bienestar económico son tan amplias como inciertas. Pero lo más importante de todo, como ese deseo termina en un conflicto de intereses con gente más poderosa.

First Cow, 2020. A24.

La película es un retrato preciso del sueño americano. Ese ideal que va más allá de los Estados Unidos y abarca a todas las sociedades capitalistas. El doble filo del libre mercado, sus contradicciones y el espíritu violento sobre el cual se asientan los grandes monopolios.

Reichardt, que a parte de la dirección también se encargo del guion y del montaje, enfatiza en los contrastes de ese mundo primigenio que se levanta sobre el barro con chozas de maderas y algunos animales domésticos. La vaca, que da nombre al film y es la primera en llegar a esa zona, es una rareza que se erige como un símbolo de clase y privilegio social. También los bollitos de Cookie que son expuestos en el mercado local para el consumo popular, por donde pululan hombres cansados, toscos y harapientos que se refugian en el dulce sabor de esas tortitas que por un instante están al alcance de todos.

First Cow es el antagonismo entre la delicadeza y las ansías de libertad de sus personajes con el mundo salvaje y violento que les rodea. Una crónica fiel de una época que se asemeja bastante a la nuestra en donde el bienestar social depende del capital, de una ventaja ante los demás o de crímenes culturalmente aceptados. Porque si el libre mercado nos ha enseñado algo a lo largo de todo este tiempo es eso que dice esa vieja canción de Atahualpa Yupanki: las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas.

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