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Por amor al vinilo

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Un niño camina kilómetros para escuchar una polca en la única radio de su pueblo. En un cumpleaños una joven se autoregala su primer tocadiscos. En el recreo de un colegio, un joven pasa hambre para comprar discos de rock. En cambio, en otro lugar, un muchacho transforma algo curioso en una de las aficiones más importantes de su vida. ¿ Pero qué tienen todos ellos en común?. El gusto por los vinilos y la música en su máxima expresión.

Coleccionar vinilos en Paraguay es una actividad que requiere de paciencia y mucha entrega. Es un hobbie sacrificado. Desde una simple búsqueda en internet hasta largas horas escarbando entre el polvo y la humedad en una tienda de segunda mano. Una aventura increíble al que solo unos pocos loquitos se animan, pero que guarda un final gratificante, una recompensa inigualable: Disfrutar de la música en su mejor formato.

Por eso Diego la tiene clara. Comenzó a coleccionar vinilos hace más diez años, cuando al acetato se le consideraba un artículo obsoleto y ni siquiera de colección. «El formato era prácticamente despreciado y avasallado por el CD, se vendían a precio de regalo», cuenta. Sus largas búsquedas por el centro de  la ciudad de San Lorenzo, de donde es originario, lo llevaron a toparse con discos de los Beatles, Rolling Stones y Creedence, a solo diez mil guaraníes. Como él diría, «La suerte del visionario».

Ruth también sabe lo que puede ofrecer un vinilo. Su afición empezó en la adolescencia, pero se materializó años más tarde cuando se autoregaló un tocadiscos por su cumpleaños. «Desde entonces he conocido algo totalmente nuevo para mí, si te apasiona la música, encontrás maneras de complementarte con ella», dice. Y que mejor que complementarse con un buen tocadiscos, ¿no?.

En cambio Marcelo era un audiófilo en potencia. «Siempre me intereso saber cómo sonaba un disco de vinilo». A partir de ese simple interés, se disparó en él una obsesión por los discos y  su afición por los equipos de alta fidelidad, esos «trastos» al que muchos subestiman cómo equipos anticuados, pero que son los únicos que pueden rescatar la maravillosa información guardadas en los surcos de un acetato.

Sin embargo, el camino para ellos no fue fácil. Es que en Paraguay existe un pequeño problema, conseguir un disco de vinilo es un acto de fe, es cruzar los dedos y esperar. A pesar de que en las típicas tiendas musicales cuenten con un sector dedicado a los vinilos, la variedad es limitada y los precios se inflan a cantidades impagables. Además, en su mayoría, los materiales importados son nuevas ediciones que fueron masterizadas digitalmente. Esto provoca que muchos duden antes de comprar una reedición y confíen más en las primeras ediciones,  auténticas, fidedignas y de colección.

Para Ruth esta circunstancia se reduce a algo muy simple: «si no arriesgas, no ganas». El acceso a internet esta logrando romper de a poco con nuestra propia «barrera mediterránea». En la actualidad conseguir materiales se hace más fácil gracias a páginas como Ebay, Amazon, Discogs, MusiStack y otras. Sin embargo, comprar desde afuera es un riesgo enorme. «Lo difícil es traer estos discos y que vengan en buen estado, y si no te gustan, es imposible devolverlos», dice Ruth.

En cambio, Diego piensa diferente. Acostumbrado a las exploraciones en tiendas de segunda mano, asegura que las compras por internet le saca magia a la búsqueda o la compra de discos, «Demasiado pega hacer “digging”, llenarse los dedos de polvo y encontrar una que otra joya». En Asunción, encontrar vinilos en tienda de segunda mano es toda una travesía. Locales como La Gloria o algunas casas de antigüedades esparcidas por la ciudad son las únicas que cuentan entre sus artículos materiales discográficos que han sido dados de baja por sus antiguos dueños y que son devueltos a la vida en las bandejas de nuevos aficionados.

Pero, ¿por qué estos muchachos se “complican” la vida si toda la música que deseen se encuentra a un solo click de distancia?

Imágen: Marcelo Moleda.

 

Música Gourmet

A pesar de que el vinilo se ha creado hace más de un siglo, es el único formato que contiene toda la información de una grabación musical. Esta es la principal ventaja del acetato ante otros tipos de formatos como el mp3, el CD o la reproducción via streaming. Ninguno de ellos logra ofrecer todos los matices que existen en un LP o en un single de 7’. Es por eso que encontrar un disco en buen estado, y de una buena edición, es una bendición audiófila que debe ser festejada en ese maravilloso momento en que dejamos caer la púa sobre el plástico.

Para Marcelo la característica principal es «la pureza sonora que nos ofrece un buen disco», para Diego es «el el cuerpo, el golpe suave de la púa y esa delicada fritura que suena de fondo». Sin embargo, la belleza de los vinilos no solo se limita a la calidez en el sonido, sino que también son considerados objetos artísticos de gran valor. Los álbumes conceptuales de finales de los 60s y comienzos de los 70s abrieron un campo nunca antes explorado en un LP con portadas ingeniosas, fundas creativas y una gama de posibilidades que ofrecía el formato de presentación. Ahí quedaron inmortalizadas obras de artistas como Andy Warhol, Peter Blake o Storm Thorgerson de Hipnogsis. Luego de que el vinilo fue desbancado por el CD a comienzo de los 90s, ningún formato pudo replicar con fidelidad la capacidad que tenía un LP para resaltar el arte de tapa, algo que se limitó, e inclusive desapareció con la llegada del mp3.

No es lo mismo escuchar Odessa de Bee Gees en un celular que hacerlo en un tocadiscos mientras se percibe la textura aterciopelada de la funda, o tratar de entender el significado de la peculiar tapa de Who’s Next de The Who en una pantalla de ordenador, cuando en el LP se puede ver claramente que solo eran unos tipos meando sobre un monolito; o disfrutar de las fantásticas portadas de bandas como King Crimson, Yes o Camel; o tratar de comprender la peculiar geometría de Artaud de Spinetta. Los ejemplos son numerosos. «El vinilo es una experiencia que va más allá de lo auditivo, es un hermoso ritual que conecta, tus sentidos», afirma Ruth.

El sonido lo es todo

Amplificador Marantz PM 400. Foto: Ruth Cáceres

 

Light as a Feather de Azymuth es uno de los mejores álbumes de jazz fusión en la historia de la música brasilera, inclusive del género. Ese LP es uno de los materiales preferidos de Marcelo. Sin embargo, para disfrutar de un álbum como este, con tantos matices sonoros, es importante apostar a la fidelidad en el audio. «Si lo único que buscas es escuchar tus discos, cualquier equipo con entrada phono te sirve, pero si buscas fidelidad en el audio es muy distinto». Marcelo tiene la precisa. Escuchar una edición japonesa o una de Fidelity Research en un minicomponente actual sería como manejar un Ferrari en un ciudad infestada de baches o jugar en un plaza enrejada y sin niños. Para ser más claros, la experiencia no sería explotada en toda su dimensión. Los equipos de audio de alta fidelidad son el complemento más importante para un coleccionista y más aún para un audiófilo.

Si conseguir discos era una tarea difícil, armar un buen setup es aún más complicado. Para Marcelo conseguir buenos equipos «ocurre de milagro en Paraguay». En nuestro país no existe una cultura audiófila muy grande, así que las opciones son muy limitadas. Nuevamente internet es un buen medio para buscar y traer equipos y accesorios, sin embargo los precios aumentan con el transporte, la procedencia, el estado del equipo y las impuestos que se deben pagar para colocarlas en nuestro país. La mejor opción es estar al tanto de comunidades audiófilas, buscar en casa de antigüedades o rezar para que alguien se despoje esas «chatarras» enormes y pesadas que molestan en casa.

Bandejas Technics, amplificadores Marantz, un par de bafles Yamaha, púas Shure, Ortofon o Stanton. Todas estas marcas y productos son considerados verdaderos tesoros si son encontrados por aquí. La variedad de productos y modelos abren la posibilidad de personalizar un setup de alta fidelidad. Sin embargo, es una cuestión de paciencia y dinero. Mucho dinero. Es normal sentirse desilusionado con un equipo o un disco cuando se experimenta por primera vez en el mundo de los vinilos. A Diego le costó años conformarse con un equipo hasta que se hizo de una torre Technics, al que asegura que «no lo cambiaría por nada en el mundo». Marcelo también tuvo sus decepciones, y a pesar de contar con un buen equipo sigue en la búsqueda del elixir sonoro al que todos sueñan. «Yo busco un sonido plano en la música, y los equipos que no son de alta fidelidad no te dan eso», recalca.

El señor de los vinilos

Un mexicano visitó una tienda de discos en el centro de Asunción y no pudo creer lo que veía. Era un ejemplar de «Los Panchos cantan al Paraguay», unas las decenas de LP que grabaron los mexicanos durante su dilatada trayectoria. El hombre, que miraba con asombro el LP, era el hijo de unos de los integrantes del trío. Fanático, y al tanto de todo lo que había grabado su padre, no podía comprender en que momento la banda de su progenitor había grabado aquél material. Jorge Luis Candia, dueño del local, solo pudo decir en forma irónica al mexicano, «acá tengo más discos de Los Panchos que los propios Panchos». Eso fue suficiente.

Don Jorge tenía razón. Su disqueria sobre la calle Cerro Corá es un patrimonio musical escondido en medio del trajín y el smog asunceno. Una de las pocas tiendas de vinilos que perduran en la ciudad y se resisten a desaparecer.

Disquería Confort. Cerro Corá esq. Antequera.

 

Su historia comienza en el pueblito de San Roque González de Santacruz en los años 60s. En ese lugar existía solamente una radio y el joven Jorge caminaba casi todos los días hasta allí para escuchar las polcas de Flaminio Arzamendia y su banda. El chico se escabullía entre la gente y les decía a todos que un día sería en el dueño de todas las músicas que ellos escuchaban. La gente claro esta, lo trataba de loquito. Sin embargo, casi medio siglo después, Don Jorge puede darse el lujo de afirmar que es dueño 80 mil discos de vinilos y que aquella profecía no fue en vano.

Desde que su disqueria abrió en el año 1969 han pasado 47 años y Don Jorge fue juntando un promedio de 1800 discos al año, 141 al mes, 35 a la semana y 5 por día. Una cifra descomunal que él solo puede sintetizar diciendo «acá hay de todo». Esa afirmación se puede comprobar al recorrer su local y encontrarse con el primer LP de Nick Cave and The Bad Seeds junto a un compilado de grandes éxitos de Los Carapegueños. En ese mejunje musical, Don Jorge sabe donde se encuentra cualquier material con solo apuntar su dedo o indicarte que mires en frente, abajo o arriba por qué te estas perdiendo de algo interesante.

Si con internet es aún difícil encontrar una primera edición de los Beatles o de alguna banda angloparlante, conseguir una de Luis Alberto del Parana o de Cayo Sila Godoy es casi imposible. Las joyas que atesora Don Jorge son únicas e irrepetibles, por esta razón se encarga de mezquinar sus discos y ser reticente a la hora de venderlos, «Puedo vender un disco de Paraná por cien mil, pero ¿Dónde voy a volver a conseguir ese disco?, en ningún lado». En ese dilema lo único que le resta es conservarlo como piezas de colección. Sin embargo, Don Jorge se encarga de grabar esos materiales en un CD a aquellos que lo piden. Es la única solución salomónica, para Don Jorge la música y su valor sentimental no tienen precio.

Ejemplar de Luis Alberto del Paraná y los Paraguayos.

 

Haciendo memoria, el señor recuerda lo que era conseguir un vinilo en décadas pasadas. «En Paraguay solo se conseguían en Asunción. Durante los años 60s y 70s solo existían locales como Music Hall, La Esquina de los Discos y Cerro Corá. No existían las ediciones paraguayas ni casas discográficas que se interesen en editar música. Aquello costaba mucha plata y había poco interés en hacerlo». De esa forma,  cualquier artista, desde el más desconocido hasta el de mayor renombre, debían hacer una larga travesía hasta los estudios CBS en Buenos Aires para grabar sus materiales que luego eran distribuidos en Asunción.

No obstante, hubo épocas maravillosas en que su tienda abría de lunes a viernes desde las siete de la mañana hasta pasada las once de la noche. Días en que Don Jorge dormía solo cinco horas al día y  la gente llevaba materiales a en grandes cantidades, desde boleros, polcas y guaranías hasta grandes éxitos de Chubby Checker. Sin embargo, el mercado cambio radicalmente en los últimos años y hasta Confort solo llegan aquellos memoriosos y conocedores de las reliquias que allí se esconden. Al señor de los vinilos solo le queda preguntarles que buscan e indicarles con mucha amabilidad en donde se encuentran escondidas esas joyitas. Gracias, Don Jorge.

 

Si no tenemos un mercado, ¿por qué no lo creamos?

Todo los primeros sábados del mes un grupo de jóvenes se reúnen en una plaza para vender o intercambiar materiales discográficos, remeras, pósters y todo tipo de accesorios musicales . Es la conocida «Metal Feria», una actividad que se viene realizando de manera independiente desde hace algunos años atrás. Diego es una de las personas que más promocionan este tipo de eventos, hasta allí va cargado con una gran cantidad de material para compartir y venderlos. En una sociedad que no está muy interesada en el hábito del acetato, la «Metal Feria» se convierte en un espacio importante y esencial para la difusión de la cultura vinilística en nuestro país.

Es que en Paraguay hay serios problemas. A pesar de que hoy en día existan más libertades para la difusión cultural, su alcance sigue siendo limitado. No existen muchas librerías, tiendas de discos, teatros o cines. Además los medios se han convertido en simples herramientas de publicidad. Todo esto provoca que nuestros hábitos culturales sean muy escasos y el mercado solo se dirija a un pequeño sector de la sociedad. Por eso, cuando Diego se despierta temprano y se coloca en una plaza con una caja llena de discos, comete un acto de rebeldía, de caradurez y de amor propio.

Pero Diego y la metal feria no están solos. En el Facebook se encuentra un grupo denominado El Club del Vinilo – Paraguay, que cuenta con más de tres mil integrantes y cuya administradora es Ruth. En esa comunidad virtual cientos de aficionados al vinilo comparten informaciones, datos, levantan materiales y equipos a la venta, y afianzan una plataforma imprescindible para la difusión musical. Además, Ruth no solo se limita a moderar ese espacio, sino que también se encarga de acercar materiales de buenísima calidad a personas con quienes comparte la misma pasión por los vinilos.

Sin embargo, en medio de las ferias y los espacios virtuales, el vinilo también se respira en las fiestas. En una época en que se puso de moda autoetiquetarse de selector musical con una notebook enchufada a spotify o virtual dj, Marcelo aprovecha sus ratos libres para pasar música en su formato original. Fiestas de reggae, funk, cumbia y disco sacuden las noches asuncenas cada fin de semana. El atractivo de estos eventos es la autenticidad que tienen al ser amenizadas con vinilos. Pero más allá de la estética y el romanticismo por lo análogo, estas fiestas consiguen revalorizar la música y despojarla de esa frialdad aburrida en que había sido encasillada por muchos años en otros formatos.

Disqueria Confort cuenta aprox. con 200 mil materiales entre vinilos, cds y cassettes.

 

No importa el tiempo, los mecanismos por donde se difunden, los complicados ahorros monetarios y las limitaciones que se puedan encontrar en el camino. A la hora de conseguir un disco de vinilo todo vale, porque al final la experiencia es retribuida a un nivel que supera todas las expectativas.

Coleccionar vinilos en Paraguay es una travesía delirante y llena de incertidumbre. Es la respuesta de un grupo de inconformistas que tratan de devolver a la música al lugar que se merece, a la calidez de sus vibraciones, a la intimidad de una conexión especial, al éxtasis de sus texturas y al universo sonoro en que sus ondas fluctúan de una manera peculiar y armoniosa. Coleccionar vinilos es más que una actividad para «escuchar música», es redescubrir una de las formas de expresión más valiosa que tenemos y preservarla en la posteridad de un instante sublime e indescriptible