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Reseña: The Sacrified of a Secret Deer

Steven y Anna son un par de respetados médicos que viven con sus dos hijos (Bob y Kim) en un barrio residencial sin ningún tipo de problemas. Cuando Steven entabla amistad con Martin, el hijo de unos de sus pacientes que ha muerto, la familia deberá enfrentarse a una serie de eventos que pondrán a prueba sus lazos, sus miedos y su concepción del mundo.

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Según la mitología griega el rey Agamenón se vió obligado a sacrificar a uno de sus hijos como castigo por haber matado a uno de los ciervos de la Diosa Artemisa. De esta forma, los vientos volverían a soplar para que sus barcos de guerra puedan viajar hacia Troya. Sobre esta premisa Yorgos Lanthimos construye su última película, un drama psicológico que se convierte en un ensayo sobre la culpa, la venganza y el miedo a lo incomprensible.

En está última apuesta, el director griego consigue dar un paso más en su visión retorcida de las relaciones humanas y toma prestado el universo pesimista de Haneke para llevarlo a una impecable puesta en escena que remite a “The Shining” de Kubrick. Una combinación que encajaba perfectamente en la peculiar narrativa del autor de Caninos y The Lobster.

Lanthimos no da respiro al espectador desde el primer plano y lo lleva por un mundo donde los afectos y el cariño están enterrados bajo la apatía y el egoísmo. La historia gira sobre la relación de Steven con Martin, hijo adolescente de un paciente que ha muerto en la mesa de operaciones de Steven y que tiene problemas de socialización. Cuando Martin entra en contacto con la familia del médico, se originan unos serie de hechos que escapan a la compresión de sus protagonistas.

La película va aumentando de intensidad en cada dialógo y en cada secuencia. Más que un momento de entretenimiento, el espectador experimenta y se expone a un estudio psicológico de la naturaleza humana, en donde el absurdo y las creencias propias se enfrentan a hechos que escapan al raciocinio.

Estéticamente la película es casi perfecta. Lanthimos se apoya en el gran angular y en los movimientos de cámara para narrar la historia, como en el hermoso plano donde Kim canta a Martin a los pies de un árbol o en las secuencias en los pasillos del hospital. Además, la banda sonora va formando una atmósfera pesada en donde los pequeños silencios se transforman en momentos de terrible angustia.

Las interpretaciones de Farrell  y Kidman cumplen sus objetivos pero no pasan a ser memorables. El que se lleva todo los premios es el papel de Martin, interpretado por Barry Keoghan. Una personaje introvertido, que incomóda, retuerce el estómago y provoca sentimientos contradictorios como el odio visceral y la pena.

El sacrificio de un ciervo sagrado no es la típica película que alguien recomendaría para pasar un buen rato. No es una de terror, ni un thriller, ni un drama. Es algo que odiarías a los primeros veinte minutos. Sin embargo, con un poco de paciencia, Lanthimos nos lleva a esos lugares incómodos que sin películas como éstas, el cine no tendría sentido.

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